El utrerano Diego Vázquez, un emblemático heredero de una tradición íntimamente ligada con la historia del mostachón

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Por las venas del utrerano Diego Vázquez seguramente lo que corra será una sangre mezclada con miel, azúcar, harina y canela, que son los ingredientes con los que se elabora el que es, sin lugar a dudas, el dulce más carismático de Utrera, el mostachón. Y es que su familia ha sido la depositaria desde hace más de un siglo del secreto que estuvo durante muchas décadas guardado en el convento de las clarisas de Utrera y que dio como resultado ese dulce tan conocido que todo utrerano añora cuando sale de las fronteras de su patria chica.

Diego se ha criado entre mostachones, panes de verdad y hornos de leña. Él es la cuarta generación de una familia de panaderos y pasteleros que se ha ganado la vida con este duro trabajo, mientras que ahora ya son sus hijos –Diego José y José Diego- los que han tomado las riendas de la casa, dándole continuidad a una saga familiar que ya alcanza su quinta generación.

«Cuando sólo tenía 14 años, ya repartía pan por todos los rincones de Utrera en una bicicleta con unas angarillas», explica el propio Diego, al que se le ilumina la cara cuando viaja hacia el pasado a través de los recuerdos. Un utrerano que reconoce que «he hecho miles de kilómetros por toda Andalucía para llevar el mostachón a todos los rincones».

Para entender el origen de la comercialización de los mostachones hay que viajar hasta el último tercio del siglo XIX y, concretamente, hasta el año 1880, momento en el que José Romero Espejo, bisabuelo de Diego Vázquez, fundaba una panadería en la que, como cuenta el propio Diego, «se vendieron por primera vez envueltos de la forma que ahora conocemos con el objetivo de que no se pusieran duros». José recogió el legado de las monjas clarisas, en cuyo convento de la calle Catalina de Perea todo indica que nació la receta del mostachón. La relación entre las clarisas y el bisabuelo de Diego era muy especial, hasta el punto de que las monjas fueron las encargadas de pagar la cantidad estipulada para que José no tuviera que marcharse a Cuba en 1882 destinado al destacamento militar que lo había convocado.

José fundó su panadería en la calle Juan de Anaya, concretamente en el local que actualmente ocupa el restaurante ‘La Abuela María’ y fue su hija, Josefa Romero González –la abuela de Diego-, la encargada de gestionar este negocio en el que se horneaban los mostachones y se elabora el pan de la época. «En ese momento comenzó todo», explica Diego.

Toda esta historia está más viva que nunca hoy en día gracias a que Diego ha hecho un tremendo esfuerzo para ponerla en valor, evitar que se pierda y conservar elementos y documentos que no son sólo historia de su familia, son historia de la repostería utrerana, considerada como una de las más desatacadas de la provincia de Sevilla.

En su actual establecimiento de la plaza del Altozano, Diego guarda auténticas joyas que formarán parte en un futuro inmediato del ‘Museo del Mostachón’, lo que sin lugar a dudas sería un enorme atractivo turístico para Utrera. Una de las piezas más espectaculares que se conservan es el antiguo horno de leña en el que se elaboraban los mostachones y que, como el propio Diego explica, «lo tenemos actualmente en perfecto estado de revista».

Para los amantes de las curiosidades, en este museo también se encuentra la primera batidora mecánica que se utilizó en la confitería y que fue inventada por el abuelo de Diego a finales del siglo XIX. Un ingenio al que se le añadió un motor, ya que «antes había que batir los mostachones de manera manual, con varillas de madera de pino».

Diego guarda en este local auténticos tesoros, entre los que también destacan fotos, documentos, recetas y un precioso cartel publicitario de los mostachones que data de la década de los años 20 del siglo XX y que se encontraba en la primitiva panadería que la familia tuvo en el entorno de la plaza del Altozano –antigua calle Lucio-, cuando se trasladaron de la calle Juan de Anaya. A todo ello hay que unirle también una pequeña imprenta que se usaba para hacer las primitivas publicidades y ponerle el nombre al envoltorio de los mostachones.

Su amor por la historia ha permitido que todos estos elementos no se pierdan y es que, como él mismo confiesa, «tengo también un armario lleno de todo tipo de documentos históricos que tienen que ver con Utrera y con el mostachón». Y como si la historia hubiese hecho un guiño, los hijos de Diego parecen haber buceado en el pasado de la familia y han vuelto a los orígenes, ya que en la actualidad, además de todos los dulces que se pueden comprar en la confitería, han vuelto a especializarse en el mundo del pan. «Son ellos los que han tenido ese impulso y a ellos hay que reconocérselo», explica Diego.

Es y ha sido siempre un hombre fundamental para entender la historia, el desarrollo y la explosión de un dulce que es crucial para entender la historia de Utrera. No hay mejor piropo que se le pueda dedicar a Diego Vázquez que decirle que su nombre es sinónimo de mostachones, un dulce que siempre ha amado y al que hasta le ha puesto un museo.

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