La melancolía, la tristeza y el recuerdo a los que ya no están con nosotros, son inseparables del mes de noviembre. A pesar de que cada año, costumbres como la de Halloween van ganando enteros sobre todo entre la población más joven, todavía es posible sentir en Utrera la fuerza de las campanas tocando a difuntos en las estrechas calles del barrio de Santa María.
El cementerio es el lugar que se convierte en el epicentro a lo largo de los primeros días de noviembre, donde centenares de utreranos acuden a honrar la memoria de sus familiares, ofrecerle un ramo de flores, limpiar la lápida, o simplemente a charlar con ellos para mantenerles al tanto de las principales novedades. Un lugar en el que es posible todavía hoy en día sentir la fuerza del paso del tiempo y aspirar los miles de sentimientos que han quedado encerrados en sus muros.
Al margen del componente puramente emocional, un paseo tranquilo por las calles que componen el cementerio de Utrera, al estilo de como hacían los románticos, nos puede ayudar a comprender también un poco mejor la historia de nuestro pueblo. Lo que ocurre es que al ser un enclave al que muchos trae malos recuerdos, o les provoca cierta animadversión, al final termina siendo olvidado o mal conocido por numerosos ciudadanos de nuestra localidad. En otras poblaciones, los cementerios son incluidos en la lista de lugares de interés turístico, ya que guardan en sí mismos una importante historia. En nuestra tierra es más complicado encontrar esta tradición, pero no por ello quiera decir que el cementerio no sea importante para conocer la ciudad.
El lugar donde hoy se asienta el cementerio era lo que se conocía en la antigüedad como el convento de las Veredas que, según cuenta la tradición, se erigió para celebrar el hallazgo de la Virgen de la Veredas en 1260, que llegó a ser patrona de Utrera. Un convento que se levantó gracias a la aportación económica de los fieles locales y donde, según algunos documentos que han llegado hasta nuestros días, tuvo su germen la hermandad de la Vera-Cruz de Utrera. Con el tiempo pasarían a ocupar este convento los franciscanos, aunque luego abandonaron este lugar para afincarse en la plaza del Altozano. En este lugar existió la iglesia conventual de las Veredas, fundada por el Hospital de la Santa Resurrección, y que se utilizaba en las grandes ocasiones, una obra que se terminó en el año 1525 y en la que fueron enterrados en un gran mausoleo Catalina de Perea, Lope Ponce de León y su hijo Juan, aunque hoy se encuentran en la capilla del Hospital de la Santa Resurrección.
La capilla de San Francisco es de una sola nave, de cajón, construida en el siglo XVIII, es el único resto de un convento franciscano, desaparecido, que ocupaba el área del cementerio actual. Una capilla que lamentablemente en la actualidad se encuentra en muy mal estado de conservación.
Con la llegada de la desamortización de los bienes de la Iglesia en el siglo XIX, los franciscanos abandonan sus instalaciones de la zona del cementerio, y Clemente de la Cuadra decide situar en estos terrenos el cementerio municipal de Utrera en el año 1844, ya que hasta el momento la localidad no había tenido un cementerio moderno, adecuado a las condiciones de la época y que guardara las mínimas condiciones exigibles de salubridad.
Son muchas las curiosidades y leyendas que existen en torno al camposanto de Utrera, aunque en esta ocasión nos vamos a centrar detenidamente en una de las más importantes. Hablamos de una de las tumbas más antiguas de las que se encuentran en el cementerio, y que por su singularidad no puede pasar desapercibida al visitante. No es otra que la tumba del Doctor Pastor Pastor y Pastor, que es una de las tumbas más inquietantes de las que se pueden encontrar en el cementerio de Utrera, perteneciente a un ilustre médico que falleció en el año 1869.
El Doctor Pastor, que Utrera hoy recuerda con la rotulación de una calle con su nombre en el centro de la ciudad, fue en el siglo XIX un médico muy popular, que también ejerció labores en la política, siendo concejal del Ayuntamiento. Un médico que analizó la supuesta procedencia milagrosa de un manantial surgido muy cerca de la parroquia de Santiago el Mayor, pero que se ganó su fama y el cariño de todo el pueblo por su labor a la hora de cuidar y curar a los enfermos que ocasionó una gran epidemia de cólera, en el año 1854.
Pastor murió joven, y su labor humanitaria provocó que algunas personas cercanas del pueblo sufragaran la instalación de un mausoleo en el cementerio de Utrera, que reflejara la inscripción que todavía hoy en día podemos leer: ‘Al Doctor Pastor Pastor y Pastor, sus amigos’. Una construcción de inspiración egipcia y que, a pesar del paso del tiempo, todavía hoy en día impresiona y nos traslada directamente a otras épocas.
Dice la leyenda que Pastor sufría de catalepsia, una enfermedad muy común en la época y que en algunas ocasiones provocaba que se decretara como muertas a personas que en realidad no lo estaban. A la muerte del doctor comenzó a correr el rumor de que en realidad su muerte podría haber sido un ataque de esta enfermedad. Llegaron a Utrera médicos procedentes de Sevilla, que exhumaron el cadáver y pudieron comprobar que el ataúd estaba arañado. Desde entonces se ha creado una cierta leyenda en torno a la tumba del Doctor Pastor, e incluso se comenta que son algunas las personas que han acudido a este enclave cargado de simbolismo a realizar prácticas espiritistas.
No es esta la única leyenda que se puede recopilar con respecto al cementerio de Utrera, aunque sí sea quizás la más llamativa. Afortunadamente, por ejemplo, la llegada de la democracia hizo que desapareciera un lugar macabro, llamado el patio de los protestantes, donde se le daba sepultura a las personas que no estaban bautizadas en la fe cristiana, o a los suicidas. Aunque, si bien es cierto, el paso del tiempo también ha provocado que el camposanto perdiera una magnífica colección de lápidas románticas, que le imprimían un marcado valor artístico al lugar.

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