Todas las civilizaciones que a lo largo de la historia se han asentado en el término municipal de Utrera han coincidido a la hora de explotar uno de los principales patrimonios con los que cuenta la localidad: sus extensos y fértiles campos. Trigo, algodón, remolacha y por supuesto la aceituna, han marcado de manera indiscutible la economía de Utrera. Los tiempos han cambiado, el campo se ha ido abandonando paulatinamente y hay muchos niños que en la actualidad no tienen ni idea de por donde se coge una azada o como crece una determinada planta.
«Se nos ocurrió instalar un huerto en el recinto del colegio para que los niños comprendieran entre otras cosas que los tomates no salen del supermercado y para que entiendan que estamos en una zona de campiña y que muchas personas han vivido y lo siguen haciendo de la agricultura», explica Isabel Albillos, la superiora de la comunidad del colegio de la Sagrada Familia.
La idea se puso en marcha hace un par de cursos, cuando el proceso de remodelación del patio del centro educativo dejó un espacio libre. Es en ese momento cuando nace el huerto del colegio, para convertirse en una actividad estrella del colegio en la que participan los niños que cursan desde primero a sexto de Primaria. Los tutores de cada clase son los encargados de ofrecer las diferentes directrices para que sean los propios niños los que cultiven el huerto, contando además con la ayuda y experiencia de algunos de sus abuelos que tienen conocimientos en el mundo de la agricultura.
La actividad ha encandilado a los más pequeños que acuden cada día con toda la ilusión del mundo a comprobar de cerca el crecimiento de sus plantas y sus productos. Según cada temporada del año, plantan hortalizas de diferente tipo: así, en invierno pueden verse coliflores, lechugas y berzas, mientras que más tarde llega el momento de la segunda producción del año, compuesta de pimientos, cebollas, fresas o pepinos.
Cada uno de los escolares cuenta con una especie de cuaderno de campo, donde van anotando toda la información necesaria para llevar el control de la producción, así como las fechas de siembra y recogida. Se han convertido en pequeños agricultores, que además aprovechan la actividad para aprender otras lenguas, porque después esos apuntes se los llevan a la clase de inglés o de francés para conocer el nombre de los productos en otros idiomas. El asunto ha llegado a tal punto que los propios niños son capaces de ofrecer una visita guiada por el huerto en distintos idiomas.

«Los productos que se cultivan en nuestro huerto están buenísimos, de hecho una madre me dijo que no había probado en toda su vida una coliflor tan buena como la de nuestro huerto. Algunas veces hemos celebrado desayunos muy especiales en nuestra clases con productos de nuestra huerta», explica Albillos.
El proyecto no solo sirve para que los más pequeños conozcan de manera profunda el mundo de la agricultura y para que sean conscientes de que los productos de la huerta no caen del cielo, sino que también tiene una dimensión solidaria. Todos los productos que se recogen en el huerto se ponen a disposición de los padres, para que los puedan probar a cambio de un donativo voluntario. Posteriormente son los propios niños los que utilizan ese dinero para llevarlo a Cáritas y que en cierta medida sirva para paliar las necesidades que se viven en Utrera.
«Tengo que confesar que no nos esperábamos que este proyecto iba a tener tan buena acogida entre los escolares. Los niños disfrutan muchísimo con el pequeño milagro de ver crecer esa pequeña semilla que plantan, lo quieren apuntar absolutamente todo, y toda la comunidad educativa está muy involucrada», asegura Isabel Albillos.
El huerto del colegio de la Sagrada Familia es un magnífico ejemplo de cómo la mayoría de las cosas en la vida solo son cuestión de perspectiva. El centro educativo ha sabido aprovechar un aparente problema que se le planteaba con la imposibilidad de ampliar el patio con celeridad, darle la vuelta completamente y utilizar ese espacio para una actividad con la que los más pequeños disfrutan al máximo. Gracias a este huerto, los alumnos están conociendo los secretos del mundo de la agricultura, aprenden a respetar la naturaleza, a valorar el trabajo diario, a ayudar a los necesitados y a estar más cerca de los abuelos que acuden al huerto a colaborar.

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