Testimonios exclusivos de utreranos que vivieron en primera persona el intento de atentado del GRAPO en Utrera

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El día en el que la historia de Utrera pudo teñirse de negro. Se cumplen 40 años de este suceso en la oficina de empleo

Era un viernes del mes de marzo de 1984 como otro cualquiera. Una jornada que pudo torcerse y cambiar de una manera importante la historia de Utrera, provocando una más que segura desgracia, pero que por azares del destino y por la experiencia de los agentes de seguridad y la implicación de algún que otro profesor, terminó sólo en un susto.

A lo largo de este 2024 se están cumpliendo cuarenta años del intento de atentado de marzo de 1984 contra la oficina de empleo de Utrera, situada en la avenida de Los Naranjos, y que según todas las investigaciones que se llevaron a cabo en su momento, fue perpetrado por el grupo terrorista de ideología de extrema izquierda marxista-leninista GRAPO. Es realmente complicado saber qué podría estar buscando con este atentado el grupo terrorista en Utrera, pero lo cierto es que fue un año de mucha actividad en toda España por parte del GRAPO, una banda con casi 100 muertos a sus espaldas.

Un hecho destacable de la historia de Utrera que relataba de esta manera en el espacio de COPE Utrera (98.1 FM), el historiador utrerano Antonio Cabrera Carro, que cada miércoles, a las 13.50 horas, lleva a todos los utreranos a través de numerosos acontecimientos históricos en el espacio ‘Buceando en la historia’.

Cuando los trabajadores llegaron a la oficina de empleo de Utrera para comenzar su jornada y abrieron la cancela, vieron que allí había un paquete sospechoso, que algunos definieron como una «especie de caja de zapatos, con una tela impermeable y remendado con imperdibles». No les convenció este paquete, decidieron no abrir y llamar directamente a la Guardia Civil.

Miguel Poley

Miguel Poley era agente de la Benemérita en esos momentos en Utrera y por azares del destino, concretamente porque se le pegaron las sábanas, no salió aquel día con el resto de compañeros que habían tenido que acudir a cubrir algunos disturbios que se estaban produciendo en el campo. Él se quedó como único representante en Utrera y él fue el que acompañó a la avenida de los Naranjos a los guardias civiles que acudieron desde Sevilla para cubrir el aviso. Un giro del destino, porque la experiencia de Poley en estas lides, fue realmente clave para el desenlace final.

«El teniente que vino desde Sevilla quería retirar el paquete sin más, y a mí la verdad es que no me dio nada de buena espina, y lo insté a que esperásemos a que llegasen los artificieros, porque en mis años de experiencia sirviendo en el País Vasco había asistido lamentablemente a muchas situaciones de esas características que terminaban muy mal», explica Poley, quién estuvo destinado en tierras vascas desde 1976 a 1980, años muy activos para el grupo terrorista ETA.

La intuición que tuvo este agente de la Guardia Civil fue la correcta, y cuando llegaron los especialistas en estos temas desde Sevilla, los perros rastreadores no fallaron y detectaron que el paquete sospechoso era una bomba que contenía un kilo y medio de Goma 2.

Rápidamente se puso en marcha un importante dispositivo de seguridad, llegaron más efectivos desde Sevilla y se procedió al corte total de la calle. Los responsables decidieron que la solución era denotar el explosivo de forma controlada, por lo que se puso en marcha el protocolo habitual en estas situaciones.

Antonio Marchena

Una vez cortada la calle y detectado el explosivo, la situación se complicaba sobremanera debido a la cercanía a la zona del colegio Álvarez Quintero, en el que en aquel momento estaban escolarizados nada más y nada menos que 1.300 niños. Antonio Marchena era el segundo de a bordo del equipo directivo de aquellos momentos, y recibió atónito la noticia de que «teníamos que desalojar el colegio en como mucho diez minutos».

Marchena, que durante muchos años ostentó la dirección del colegio, al volver a revivir aquel día asegura que «no sé cómo fuimos capaces de sacar a más de mil niños por dos puertas de 90 centímetros de ancho en menos de diez minutos. Justo cuando estaba saliendo el último de los niños, y yo detrás de él, escuchamos como detonaron el explosivo».

Los profesores se multiplicaron para ayudar en esta tarea y los niños fueron llevados hasta el parque de Consolación, con el objetivo de que la onda expansiva y la posible caída de objetos a causa de la explosión no provocara heridos. Afortunadamente todo salió bien, y tanto los niños como los profesores pudieron mantenerse a salvo.

Aunque fue una explosión controlada, los daños que provocó el artefacto fueron notables. Así la oficina de empleo quedó prácticamente destruida, mientras que estallaron numerosos cristales del edificio del colegio Álvarez Quintero. «En una de las clases que estaban habilitadas en la planta baja del colegio, los cristales se clavaron en la pizarra. La Virgen de Consolación y todos los santos del cielo pusieron su mano para protegernos», cuenta Marchena.

Sin lugar a dudas aquel día fueron muchas las circunstancias que se alinearon para salvar a Utrera de una tragedia que hubiese cambiado la historia de la ciudad para siempre, un día en el que gracias a la implicación de una serie de personas, nadie resultó herido y quedó todo en una gran anécdota que recordar 40 años después. Lo que aún sigue siendo un misterio son las razones que pudieron llevar a este grupo terrorista a colocar ese artefacto en una oficina a la que acudían simples trabajadores y muy cerca de uno de los colegios más poblados de la ciudad.

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