Susana Díaz, sin metáforas

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La historia de la España del siglo XXI dedicará un capítulo especial a las primarias del PSOE, que se celebrarán en el mes de mayo. Susana, Pedro y Pachi: tres nombres y tres discursos. Tres concepciones y estilos, diferentes en su caligrafía. ¿Quién ganará? Las encuestas se proyectan como una metáfora que adquiere su sentido en los fragmentos de un nuevo párrafo. ¿Cuál de estos personajes hubiera despertado el interés periodístico, literario y sociológico de Camba y Umbral? Más Susana que Pedro y Pachi. La prosa exige un guion y unos sintagmas que unos candidatos tienen más que otros. El habla y las aspiraciones, los gestos y la sonrisa de la diosa de Triana, como la llama Raúl del Pozo, tienen sintaxis. Y más aún en esos segundos en los que la rima se hace verso a orillas del Guadalquivir, cuando la calle Betis se convierte en mirador  de la torre del Oro. La política tiene muchos capítulos que, siendo realidad, parecen ficción. Quizá, más que cualquier otra, la semblanza susanista tenga ese perfil que tanto interesa al periodista en el hexámetro homérico de la columna.

Habrá que estar muy atentos, a partir de ahora, a las declaraciones, los discursos y los programas de los tres aspirantes a la secretaría general del Partido Socialista. ¿Quién es Besteiro? ¿Quién, Largo Caballero? ¿Quién, Indalecio Prieto? El partido, fundado por Pablo Iglesias, ha atravesado momentos difíciles. Este es uno de ellos, que, por el bien propio y de la nación española, sabrá superar. Mientras tanto, Susana Díaz reflexiona, porque la hora de la verdad ha llegado. Ya no hay vuelta atrás y esta vez sí se la juega con las cartas encima de la mesa. Ella, mejor que nadie, era consciente de que la defenestración de Sánchez dejaría heridas y secuelas; pero también estaba convencida de que el paso adelante tenía que darlo. Y lo ha hecho, marcando, como en ella es habitual, los tiempos. Tal vez, mirando al reloj de la misma forma que Gary Cooper en «Solo ante el peligro», con las figuras de Besteiro, Prieto y Felipe González en esa fotografía que parece un «flash-back» proustiano o, posiblemente, stendhaliano, entre el alba y la tarde.

A la «lideresa» le gusta el Betis. Al campo del Benito Villamarín la llevaban, cuando era niña, su padre y su abuelo. Enamorada del juego elegante, vertical y estilista, ese que versifica Eduardo Galeano con su prosa mirífica, observa que entre el balompié y la política hay similitudes. Por ello mismo, para ganar las primarias, sabe que tiene que jugar con técnica y velocidad, internándose por las bandas y adentrándose en el área para elevar a verso nerudiano el «dribling» y  afirmar con el balón dentro de la portería contraria: «Tengo fuerza, tengo ilusión, tengo ganas. Me encanta ganar». La presidenta andaluza huele el poder con la dialéctica de quien tiene fundamentos y principios: «Soy roja, porque soy socialista y soy decente porque en mi casa no se ha negociado nunca la decencia». Oratoria y texto, en los claros nombres que los pueblos eligen mirando al incesante espejo que anticipa el destino en la odisea silenciosa, que ni siquiera la filosofía es capaz de explicar. Mañana, domingo, la trianera presentará su candidatura en Madrid, convencida de su objetivo y recordando los versos de Antonio Machado en los instantes en los que una palabra se eterniza: «Caminante, son tus huellas / el camino y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace el camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante no hay camino /  sino estelas en la mar». Arropándola estarán Felipe González,  Alfonso Guerra, Rodríguez Zapatero, Javier Solana, José Bono, Pérez Rubalcaba, Carmen Chacón, Eduardo Madina, Matilde Fernández, Ximo Puig, García-Page, Fernández Vara y Javier Lambán.

Mayo se aproxima. El «Duelo al sol» espera. No será un «western». Mas nos queda por adivinar si Susana Díaz, Pedro Sánchez y Pachi López tienen algo que ver con Jennifer Jones, Gregory Peck y Joseph Cotten.  El cine y la política navegan en las horas en las que nos preguntamos que dónde están los siglos y dónde aquel otro río de noches y días. Doña Susana no es Greta Garbo, ni Ingrid Bergman, ni Ava Gardner, ni Sara Montiel. Ni tiene los ojos hondos de María Asquerino, ni la mirada de Charlotte Rampling. Tampoco es Helene Fourment, la musa de Rubens. Pero se parece a sí misma y sabe que en el café Gijón se hallan los secretos de las metáforas y de los versos anónimos. Y que en el «Quijote» están la sabiduría, el humor, la utopía y casi todo lo demás.

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