«Si tuviera que nacer de nuevo, volvería a ser carmelita»

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Después de más de 60 años en el convento utrerano, Sor María de Lourdes afronta el reto de dirigir a la comunidad de las Madres Carmelitas

Hace más de seis décadas, cuando corría en el calendario el año 1959, Josefa puso por primera vez sus pies en el interior del convento de las Madres Carmelitas de Utrera. Comenzaba en aquellos momentos a escribir una historia a la que aún le restan capítulos ya que, después de haber servido a la comunidad desempeñando numerosos cargos, Sor María de Lourdes afronta desde el comienzo del pasado otoño el reto de ser la priora de este querido convento. Una tarea que realiza desde la humildad, el trabajo, el compromiso y el cariño de todas sus compañeras.

Nació en la localidad murciana de Lorca, pero cuando sólo tenía tres años, en 1941, llegó junto a toda su familia a Utrera, el lugar al que habían destinado a su padre a trabajar. Sus recuerdos, por tanto, están completamente ligados a Utrera, y es que como ella misma explica, «mi tierra es Utrera, me he llevado toda la vida aquí».

Comenzó sus estudios en el antiguo colegio San Francisco, para pasar poco después a un lugar que sería crucial en su formación humana y religiosa: el convento de las Hermanas de la Cruz. «Recuerdo cómo tomaba muchos libros de la biblioteca del convento y leía la vida de Santa Teresita, siendo ahí cuando nació mi amor por las carmelitas y por esa vida tan ejemplar y bonita que llevó Santa Teresita, que era carmelita», cuenta la propia priora, que tuvo la oportunidad de conocer en aquellos años a Sor Marciala de la Cruz, que era madre general.

En el año 1964, ejerciendo de padrinos el entonces alcalde utrerano Alfredo Naranjo y su esposa Pepita Benavides, Sor María de Lourdes llevó a cabo su profesión solemne, en una clásica ceremonia, vestida de novia y celebrada en el coro del convento. «A lo largo de estos años han cambiado las cosas de una manera muy grande. En aquellos tiempos no teníamos ni agua corriente para lavarnos, teníamos que poner el agua en cubos para que se calentasen al sol y, posteriormente, lavarnos en nuestros cuartos. Hoy, gracias a Dios, todo ha prosperado mucho y tenemos nuestras duchas, sin lujos, pero tenemos lo necesario», cuenta la utrerana.

No sólo ha cambiado la forma de vida de las monjas, también ha cambiado mucho el funcionamiento del convento, ya que en el momento en el que ingresó Sor María de Lourdes había 36 religiosas, mientras que en la actualidad la nómina de carmelitas está compuesta por 14. «Los tiempos cambian y la juventud de ahora no es como la de antes. La juventud tiene otros pensamientos, en nuestras casas antes veíamos más piedad, nos enseñaban las oraciones y el significado de la religión, ahora las vocaciones no son como antes», valora la priora.

Sor María de Lourdes está poco a poco acostumbrándose a su cargo de priora, algo que a su edad no se esperaba, por lo que hay veces en las que confiesa que «incluso no me doy cuenta de que me están llamando con el toque de campana que corresponde a la priora». En cualquier caso, está afrontando sus responsabilidades con entereza y con el convencimiento de que «estamos muy atendidas siempre por el pueblo de Utrera, que se vuelca con nosotras en todo momento, como demostró cuando tuvimos que llevar a cabo el arreglo de la iglesia».

Ahora las preocupaciones de Sor María de Lourdes pasan principalmente por cuadrar las siempre maltrechas cuentas de la comunidad y solucionar algunos problemas de albañilería que sufre el convento. Pero ella es una persona cercana, feliz, que asegura convencida que «siempre he sentido que este es mi sitio. Si tuviera que nacer de nuevo, volvería a ser carmelita».

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