Réplicas de imágenes de Consolación

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Julio Mayo

En el Siglo de Oro fue habitual adquirir imágenes de pequeño formato para ser llevadas por los devotos a otros lugares. Entre las repetidas que se distribuyeron tanto por pueblos comarcanos, andaluces y españoles, así como por a América se realizaron muchas de distintas advocaciones, como por ejemplo la de San Fernando, o la Virgen de la Antigua. Y entre todas ellas, también ocupa un lugar preferencial la nuestra de Consolación de Utrera. Dentro del particular catálogo de las realizadas, tomando como modelo la de aquí, nos detenernos hoy en el ejemplo de una ejecutada para América, con concreción en el caso de Arequipa. Una ciudad del Perú que participó de circunstancias muy similares a las que existieron en Utrera. Se trataba de un lugar de paso, en el que se propiciaban encuentros comerciales, algo ajeno al control portuario de la metrópolis. En el antiguo virreinato de del Perú, nuestras costumbres encontraron un enorme arraigo. De hecho, Lima era considerada entonces como casi otra Sevilla, aunque más chica, claro está. El destino elegido para acoger una réplica de la Virgen de Consolación, de imaginería, de las denominadas «ligera novohispana», fue Arequipa en plena construcción de la América española, a finales del siglo XVI.

Una imagen de Consolación para Arequipa de Perú

Ntra. Sra. del Consuelo de Arequipa, réplica tomada de la utrerana

El primer documento que certifica la realización de una imagen a semejanza de la Virgen de Consolación de Utrera, es el contrato de ejecución suscrito por el escultor Gaspar del Águila en 1580. Este autor, de cierto prestigio en el antiguo reino de Sevilla y con algunas obras realizadas también en Utrera, se comprometió a entregar tres imágenes al vecino de Arequipa, Jerónimo Sierra Figueroa, ante un notario sevillano. En la escritura se indica que las labores de estofado y policromía las efectuaría el pintor Diego de Campo, también con otros trabajos en Utrera. A Gaspar del Águila se le atribuye la autoría de alguna que otra imagen en Sanlúcar de Barrameda, por lo que debió ser muy estrecha su conexión con todo este itinerario americanista.

Y en los archivos de Arequipa se conserva otra acta notarial, pero, en este caso, de la llegada de la imagen copiada a aquel lado del Atlántico. Por este testimonio escrito sabemos que la peregrina réplica se ganó la admiración de los fieles de allí, nada más llegar. Lo hizo obrando milagros, como no podía ser de otra forma. La nueva imagen se mojó enterita. Su ropa quedó prácticamente inservible al producirse un incidente en el navío que la llevaba, denominado «San Juan de Antona», al arribar al puerto de Sechura. Pese al percance, la imagen replicada no sufrió ningún daño. Salió completamente ilesa y sin ningún desperfecto.

Gente de allí se organizaron bien pronto para organizar una cofradía en su honor. De inmediato, solicitaron en el convento de la Merced un sitio donde «hacer capilla y sacristía y hospedería para novenas y lo necesario». La hermandad se fundó concretamente en abril de 1586, después de que lo autorizase el vicario eclesiástico, a petición del ayuntamiento arequipense. Desde el consistorio se pidió, en octubre de 1589, que «se hagan procesiones de sangre en esta ciudad por la salud del pueblo y se saque en procesión a Nuestra Señora de la Consolación». Terminó siendo llamada popularmente, «la Contentilla», y proclamada patrona de aquella ciudad.

Junto a la efigie de Consolación, viajaron con ella muchos otros elementos propios de la singular advocación utrerana: su atributo milagroso, espiritualidad popular y el amplio programa de rituales folclóricos y culturales de su romería y célebre procesión (convivencia romera y encuentro de pueblos, comercio ferial de nobles metales, mercado agroganadero, juegos y cañas de toros, cante y bailes). Utrera consiguió así trasplantar muchas tradiciones suyas hacia los numerosos pueblos en los que existieron hermandades filiales, e incluso hasta la misma América. De este modo, esta ciudad se convirtió en un gran exponente de la cultura andaluza, que encontró el mejor modo de proyectar su propia marca: Consolación de Utrera.

Pintura de Consolación en Antioquía

Pintura de Caballete de Antioquía. Inicios del XIX

Otras importantes vías de difusión del culto mariano español que germinó en los virreinatos americanos fueron también las estampas y grabados devocionales que los propios cargadores, viajeros y marineros se llevaron consigo, a bordo, en su participación dentro del negocio colonial de la Carrera de Indias. La portaban como reliquias sagradas de protección en el transcurso de sus peligrosísimas y largas singladuras oceánicas. Fue un modo importante de propagación del culto a la Virgen debido a la distancia que separaba a Utrera de las poblaciones donde surgieron tanto cofradías constituidas a semejanzas de la de aquí, como donde se le profesó veneración.

En el museo de la parroquia de Los Milagros de Antioquía se conserva una pintura de caballete que guarda una gran similitud con un grabado de la Virgen de Consolación de Utrera, del que está claramente copiada, aunque con la añadidura de algunas que otras peculiaridades. Aquella es una ciudad colombiana, que perteneció al virreinato de Nueva Granada, donde encontró una considerable resonancia la devoción a la Patrona de Utrera, y hasta donde llegó el grabado que se realizó aquí, en el siglo XVIII, con la Virgen en sus andas procesionales, rodeada de niños y entre tantos exvotos, como símbolo del enorme poder milagroso que atesoraba.

La representación pictórica de Antioquía puede datarse en los años finales del siglo XVIII, e incluso hasta en las décadas iniciales del XIX. Por el estilo de los atuendos que muestran los orantes, la obra nos sitúa en una etapa histórica muy posterior a la de las réplicas escultóricas, como las que llegaron a aquel continente, a partir de las décadas finales del siglo XVI. En el periodo que retrata este cuadro, se ha producido ya un cambio sustancial. En América, se hallaban bastante consolidados muchos rasgos devocionales propios de los que se difundían desde Utrera y estos habían conseguido allí ya tanto éxito, que, incluso, fueron tomados por otras devociones de allí.

Grabado de Consolación impreso en Sevilla. Mediados del siglo XVIII

En la pintura americana puede apreciarse la capacidad que Consolación tuvo para adaptarse a las necesidades de la gente de tantos lugares dispares. En siglos anteriores, la Virgen de Utrera sirvió como titular de devotos criollos e indios, pero en el siglo XVIII, Consolación había pasado ya a ser implorada por miembros de otras clases sociales. No podemos dejar de pasar por alto la ausencia del barquito, en la mano de la Virgen, como atributo definidor de su iconografía. En el caso de la pintura que analizamos no lo lleva, porta al Niño. En este lado del Atlántico, la nao simbolizaba la especialidad protectora de la Virgen sobre la gente del mar, y de salvaguarda también que dispensó sobre cargadores y comerciantes que entretejieron negocios coloniales en la Carrera de Indias.

Según la representación pictórica americana, la imagen representada allí se dirige a una masa devocional completamente distinta. El cromatismo del cuadro la define como a una imagen de gloria, vinculada con la fiesta, alegría y la algarabía. Precisamente uno de los reclamos de Consolación en el Nuevo Mundo fue aquella diversidad cromática junto al elevado número participativo de su representación.

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