La infancia de Miguel García Marín transcurrió en lo que históricamente se han conocido como las parcelas de Troya, en el actual término municipal de El Palmar de Troya, muy cerca de la torre con el mismo nombre que se encuentra en el famoso cortijo. A estas tierras llegó su padre en el año 1935, procedente de la localidad malagueña de Ronda, de ahí que a nuestro protagonista se le conozca también como ‘Rondino’.
Por eso, en ese entorno, los primeros años de Miguel estuvieron muy relacionados con las tareas en el campo, en las que tomó parte para ayudar a su familia desde muy temprana edad. «Trabajaba con mis padres cuidando el ganado, arando las tierras, cogiendo garbanzos o criando algodón», explica Miguel, quien recuerda cómo no fue hasta los 19 años cuando la familia se trasladó a Utrera para instalarse en una vivienda que se encontraba enfrente de la plaza de toros.
En primera instancia, Miguel siguió trabajando en diferentes labores agrícolas, hasta que le llegó la llamada para unirse a filas y llevar a cabo el servicio militar, tarea que cumplimentó en el regimiento de Artillería 14 (RACA 14).
A su vuelta del servicio militar, tras un breve período trabajando en la construcción, comienza a desempeñar la profesión que terminaría siendo la más importante en su vida, ya que comienza a trabajar como chófer con Pepe Benavides, propietario de las fábricas ‘La Fontanilla’ y ‘La Exportadora’. En ese instante, coincidiendo con los tiempos difíciles que se vivían en aquellos años en España, decide probar suerte y se marcha como un emigrante más hasta tierras alemanas.
Allí, a unos 30 kilómetros de Hamburgo, Miguel trabajó aproximadamente durante un año en una fábrica de embutidos de carne de cerdo, en un período en el que las cosas le fueron muy bien, pero asegura que «echaba mucho de menos estar por ejemplo en Pinganillo, porque en Alemania hacía mucho frío y se madrugaba mucho».
En el año 1970 retorna a Utrera tras esta aventura y retoma su carrera como chófer, en este caso conduciendo camiones que estaban participando en las obras de la autopista Sevilla-Cádiz, que se estaba llevando a cabo en aquellos momentos. Después siguió conduciendo camiones, en Mercasevilla e interviniendo en obras importantes como el derribo del teatro San Fernando en Sevilla o diferentes obras en la zona de la Isla de la Cartuja.
En 1976 dio un paso muy importante, ya que adquirió un camión en propiedad y siguió desempeñando durante muchos años la profesión que más le ha gustado siempre, conduciendo por todos los rincones de Andalucía, lidiando con las complicadas carreteras de la España de los primeros años de la democracia. Una actividad que llevó a cabo hasta el año 2007.
Después llegó una pequeña pausa, en la que de nuevo volvió a la actividad en el año 2008, momento en el que comenzó a trabajar como taxista, en una profesión que desempeña con alegría e ilusión hasta la actualidad. «Es importante que cada uno elija una profesión que le gusta, como afortunadamente ha sido mi caso», explica Miguel, quien a lo largo de todos estos años ha vivido todo tipo de situaciones y anécdotas al volante de su taxi.
Padre de tres hijos y abuelo de cuatro nietos, este utrerano que es un gran aficionado al mundo del flamenco, desempeña su profesión con toda la naturalidad del mundo y, a pesar de su veteranía, tampoco ve muy claro el momento de su retirada, cuando explica sin precisar del todo que «creo que me jubilaré este año».

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