Manuela Carreño, una utrerana conocida por curar durante años los pies de manera gratuita a cientos de personas

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Corría el año 1944 cuando en plena calle Santa Clara, justo en la vivienda que estaba encima de la clásica botica, nacía la utrerana Manuela Carreño Lucenilla. Al tratar de viajar a aquellos tiempos, recuerda como «cantaba el ‘viva España’ en el patio del colegio San Francisco», donde aprendió sus primeras letras. Su vida iba a dar un vuelco muy pronto, ya que su madre murió cuando ella tenía sólo doce años y tuvo que hacerse cargo de su padre y de sus hermanos. La vida le tenía preparadas muchas aventuras.

Al igual que hicieron cientos de utreranos por aquellos tiempos, a comienzos de la década de los sesenta, Manuela cogió su maleta de cartón y con sólo un billete de tren y «un saco de aceitunas negras», tomó el ferrocarril que debía de llevarle hasta tierras catalanas, donde el trabajo no faltaba. En aquel momento sólo tenía quince años, y recaló en la localidad tarraconense de El Vendrell, que poco a poco se terminaría convirtiendo en una pequeña sucursal de Utrera. «No tenía ni un duro en el bolsillo, tuve que pedir ayuda hasta para poder coger el autobús al final del viaje», cuenta Manuela recordando aquellos momentos en los que asegura que «llegué a Cataluña después de una travesía de 35 horas en tren, creo que las aceitunas llegarían un poquito pasadas».

En El Vendrell se casó con Luis, también natural de Utrera, con el que tuvo cuatro hijos, tres de ellos nacidos en Cataluña y otro en el País Vasco, ya que la familia se trasladó también a Bilbao en busca de nuevas oportunidades laborales. Después llegó el momento de tratar de retornar a su tierra y, como ella misma explica, «me encomendé al Cautivo para poder volver a Utrera y al fin lo conseguí».

Manuela abrió una tienda de comestibles en la planta baja de la vivienda en la que todavía habita en la actualidad, pero su gran corazón –que le llevaba a vender muchos productos a personas que atravesaban dificultades sin ni siquiera llegar a cobrarlos-, provocó que las cuentas no salieran y tuviera que cerrar el negocio al cabo de un año y medio después de abrirlo.

Es el momento en que homologa su título de pedicura y comienza a trabajar en dicho ámbito en Utrera, velando por la salud de los pies de cientos de ciudadanos. «Había muchas personas que comenzaban a contarme sus penas y al final decidía no cobrarles», cuenta Manuela quien también acudía por aquellos años a localidades como Montellano y Puerto Serrano a ejercer su oficio.

Si algo define la vida de esta carismática utrerana es su fervor religioso, un sentimiento que ha brillado en su interior desde sus primeros pasos por las calles de su ciudad. Recuerda como una vez encontró «una cadenita de oro y se la regalé a la Virgen de la Mesa, algo incomprensible para la mayoría, debido al hambre que se pasaba en aquella época». Pero es la institución de las Madres Carmelitas la que ha marcado un antes y un después en su trayectoria, hasta el punto de que pertenece a la tercera orden de la citada congregación religiosa, a la que le une una relación muy especial.

Ha cuidado durante años los pies de todas las religiosas, y explica que tras los muros del convento y en el interior de las iglesias «encuentro la paz que no encuentro en el resto del mundo, allí no hay prisas y eso no tiene precio».

Durante muchos años, su voz ha resonado con fuerza en los momentos culminantes de la Semana Santa ya que, al igual que dos de sus hermanos, Manuela es una gran aficionada a cantar saetas.

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