Nuestra máquina del tiempo se traslada directamente hasta las décadas de los 40 y 50 del pasado siglo XX, en un viaje que tiene un destino muy concreto.
Nos detenemos en la tradicionalmente llamada como calle La Huerta, hoy rotulada con el nombre de Cristóbal Colón, y que es el lugar donde nació y disfrutó de su infancia el utrerano Manuel Obando Muñoz.
En este rincón de Utrera su padre tenía inicialmente un famoso taller de carpintería que posteriormente se convirtió en la primera cristalería artesana que existió en Utrera. Una zona de la ciudad que en aquellos tiempos tenía un sabor especial y que, como su propio nombre indica, estaba plagada de huertas y pequeñas explotaciones agrícolas donde se cultivaban todo tipo de productos.
De aquellos tiempos guarda Manuel recuerdos muy bonitos y emotivos, asegurando que «recuerdo prácticamente a todas las personas que vivían en la calle. Todos éramos como una gran familia, si pasaba cualquier cosa, todo el mundo se volcaba. Las personas que tenían algo lo compartían con los que no tenían». Años en los que Manuel y los niños de la calle andurreaban por el taller de bordados de María Vázquez, eran mandados por sus madres a comprar leche fresca, se escapaban para bañarse en alguna alberca o a observar cómo por las mañanas las fabricantas que acudían a trabajar a las instalaciones de Agroaceitunera iban pertrechadas con la pequeña latita de metal en la que introducían un poco de carbón para calentarse.
Nuestro protagonista inició sus estudios en los Salesianos, en los conocidos como ‘Los gratuitos’, siendo director en aquellos momentos de esta institución Diego Reina Muñoz. Un colegio que no le pillaba muy lejos de su domicilio, y en el que pasó momentos inolvidables y del que conserva compañeros con los que aún hoy en día mantiene el contacto.
Eran años marcados por la escasez y las dificultades que pasaban muchas familias para salir adelante, por lo que Manuel, al igual que muchos de los niños de su época, tuvo que arrimar el hombro en casa para ayudar en el negocio familiar. «Recuerdo cómo siendo aún muy niño, después del colegio, mi padre me ponía a enderezar las puntillas que quitábamos de las cajas de pescado que se desechaban, había que aprovecharlo todo, porque no había de nada», recuerda este utrerano, quien añade con una sonrisa pícara que «hasta que no terminaba mi padre no me dejaba irme a jugar con el resto de niños».
El padre de Manuel siempre se preocupó de que su hijo pudiese tener la mejor formación posible, por ello cuando comenzó ya a trabajar en el negocio familiar, «lo arregló todo para que por las tardes fuera a estudiar a la Academia Comercial, donde saqué el Bachiller Superior».
Fue al comienzo de la década de 1960 cuando la carpintería clásica de la familia de Manuel, a causa de la bajada de demanda de los trabajos propios relacionados con la madera, se convirtió en una cristalería, y es el momento en el que él, tras volver del servicio militar, entró de lleno en el oficio. Una profesión que en aquellos momentos tenía aún una dimensión artística, alejada de la producción en serie y que requería una destacada especialización.
En la cristalería, un trabajo que desempeñó hasta su jubilación en 2005 durante más de 40 años, se hacían todo tipo de trabajos, que iban desde la elaboración y restauración de vidrieras artísticas de todo tipo hasta los cristales más convencionales que se instalan en los domicilios particulares. Una trayectoria profesional en la que Manuel y sus operarios tuvieron la oportunidad de intervenir en la reparación de vidrieras situadas en edificios tan emblemáticos como las iglesias de Santa María, Santiago o el Ayuntamiento. Un trabajo de restauración que este utrerano recuerda con mucho cariño, en el que se pueden destacar también los cristales que se instalaron en la basílica de María Auxiliadora.
Tiempos en los que el mundo de los cristales estaba muy relacionado con el arte, no como en la actualidad que se ha convertido en más una técnica que en un arte. «Nosotros hacíamos un trabajo muy laborioso y minucioso, en el que había que cortar, pintar y hornear el cristal», cuenta Manuel, quien recuerda cómo a lo largo de su larga trayectoria profesional llevó a cabo intervenciones profesionales con su empresa incluso en Madrid y Barcelona.
Un utrerano muy devoto de la hermandad del Redentor Cautivo, de la que es hermano y ha realizado la estación de penitencia durante muchos años, que guarda en su memoria innumerables historias que tienen como epicentro la calle La Huerta y que siempre ha tenido interés por seguir aprendiendo.

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