Hay escritores cuya vida personal da para mucho más que para una simple biografía. Siempre me han interesado las curiosidades que rodean a los autores; algunas son muy conocidas y son objeto de estudio por parte de biógrafos, autorizados y no autorizados. Otras, en cambio, no han pasado de la mera anécdota y quiero compartir un par de ellas.
Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859 – Crowborough, 1930) es conocido por ser el creador de un personaje inmortal que forma parte de la Historia (con mayúsculas) de la Literatura: Sherlock Holmes. Junto a su inseparable Dr. Watson, el detective más famoso del mundo es protagonista de innumerables aventuras en las que demuestra unas dotes deductivas extraordinarias. Ese es el gran legado de Sir Arthur. Sin embargo, el escocés tuvo otras aficiones alejadas de la literatura, algunas de ellas bastante peculiares.
Fue un gran aficionado al deporte. Jugó como profesional del cricket en el Marylebone Cricket Club. Demostró buenas aptitudes para la práctica del golf y llegó a ser capitán del Crowborough Beacon Golf Club. También practicó boxeo y esquí pero tal vez su logro más llamativo, por aquello de que dicen que el fútbol es el deporte rey, fue el de ser portero del Portsmouth Association Football Club, precursor del actual Portsmouth F.C.
El deporte, no obstante, no es la única peculiaridad que podemos encontrar en la biografía de Arthur Conan Doyle. Es poco conocida, pese a que fue muy importante en la vida del autor, su afición por el espiritismo. Conan Doyle estaba convencido de que se puede hablar con los espíritus de los muertos y aunque ya había contactado con la disciplina espírita con anterioridad, fue a raíz de la muerte de su hijo Kingsley (a causa de una neumonía contraída durante su participación en la I Guerra Mundial) cuando se acercó de manera definitiva a la doctrina fundada por Allan Kardec.
En una carta dirigida a su madre, llegó a afirmar: No tengo miedo a la muerte del niño (Kingsley luchaba por entonces en la Gran Guerra). Desde que me convertí en un espiritualista convencido, la muerte se convirtió más bien en una cosa innecesaria, pero temo enormemente el dolor y la mutilación.
Su fe ciega en esta disciplina le llevaría a dar por buenas las famosas (y fraudulentas, tal como se demostraría después) fotografías de las hadas de Cottingley y le alejó de su hasta entonces buen amigo Harry Houdini, famoso mago de la época y escéptico recalcitrante.
Deporte y espiritismo; aficiones dispares que adornan la biografía del padre de Sherlock Holmes.
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