Mucho se hablado de las misteriosas momias que ‘habitan’ en la cripta de la parroquia de Santiago el Mayor. La apertura de dicho espacio al público en general está permitiendo a numerosas personas contemplar por primera vez, después de casi dos siglos, los cuerpos de las tres personas cuya existencia se ha convertido en leyenda para numerosos utreranos.
Aunque no han trascendido los nombres de los tres difuntos, sí se conocen algunos detalles sobre la historia que los rodean. Una de las referencias más destacadas sobre las momias data del 7 de diciembre de 1848, cuando un periódico nacional como ‘El clamor público’ recoge «un fenómeno tan raro que llama la atención», como es que «todos los cadáveres que se colocan en una de las bóvedas de la parroquia de Santiago se secan al cabo de cierto tiempo de una manera tal que como cuando se enterraron, conservan su natural forma, sus cabellos, barbas, uñas, dientes, etc». Según dicha publicación, este fenómeno «sin duda se debe a la naturaleza del terreno sobre el que se colocan los cadáveres».
Según señala el historiador Antonio Cabrera Rodríguez, días después siguieron apareciendo referencias en otras cabeceras como ‘El heraldo’, ‘La esperanza’, ‘La España’ y ‘El popular’, coincidiendo además con la presencia de un manantial de aguas medicinales precisamente en Santiago. De hecho, la misma publicación de ‘El clamor popular’ de aquel 7 de diciembre habla de los «jóvenes abandonados» que se «bañaron en ese estanque y algunos sanaron en el momento de las enfermedades cutáneas originadas de la miseria con que se crían. Este descubrimiento llamó la atención de los facultativos de Utrera, que aplicaron inmediatamente dicha agua para curar todas las enfermedades análogas, que se padecían en la población, y han obtenido el mejor resultado». Un asunto en el que, según Cabrera, el Ayuntamiento de la época decidió intervenir y encargó analizar el agua, encontrando en ella productos bicarbonatados sin mayor misterio.
¿Quiénes son y por qué están en Santiago esos cuerpos? En el estudio realizado por el citado historiador en los archivos parroquiales no se ha encontrado referencia alguna a la existencia de las momias. Solamente en un pequeño informe se afirma que «debajo están las bóvedas en donde se forman las célebres momias».
La clave sobre este asunto puede estar en el texto que aparece en el ‘Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar’, publicado por Pascual Madoz entre 1845 y 1850. En el tomo dedicado a Sevilla se recoge que «en la bóveda subterránea que ha estado destinada a enterramiento durante muchos años, se advierte la singularidad de conservarse los cadáveres depositados en sus cañones hace más de 50 años, disecados, y convertidos en momias tan perfectamente, que sin dificultad alguna los reconocen las personas que los trataron durante la vida».
Con esta afirmación, como indica Antonio Cabrera, se descubre que se trata de los restos de personas conocidas que fueron enterradas en los nichos de la cripta, es decir, en el propio templo, a finales del siglo XVIII o principios del XIX. Es en la cripta del templo donde enterraban a los ciudadanos pudientes, mientras que fuera de la iglesia se situaban los cuerpos de los más pobres.
Una vez desvelado este asunto, la pregunta que se plantea es por qué se encuentran momificados esos difuntos. También sobre este asunto ha trabajado Cabrera, acudiendo a un médico forense que pueda arrojar luz. Según los informes de los expertos, en grutas naturales o criptas puede darse el caso de que algunos cuerpos humanos queden incorruptos de manera natural, siendo la momificación una de las opciones. La momificación supone la desecación del cadáver por evaporación del agua de los tejidos, y suele darse en espacios subterráneos secos y con poco oxigeno, calurosos e incluso fríos. Fruto de ese proceso, los restos permanecen rígidos y conservan su fisonomía primitiva.
Así pues, Antonio Cabrera Rodríguez intuye que los fallecidos –«dos hombres y una mujer»- pudieron ser enterrados «en la parte central de la bóveda, mas o menos debajo de la crujía del templo conforme se acerca al altar mayor, que es la parte más seca y favorece la deshidratación».
La presencia de las momias ha despertado el interés de numerosas personas a lo largo de los siglos. Es un asunto que aparece, por ejemplo, en una publicación de 1864, por parte del médico sevillano Ramón Esteban Ferrando, quien escribió un artículo en la revista ‘Crónica médica’. Según recoge el historiador de Utrera, eso hizo que se incrementara la fama de estos tres restos y se produjeran numerosas visitas gracias a la reciente presencia del ferrocarril en la localidad. Dos años después, también hay referencias a este asunto en otra publicación. Se trata del ‘Itinerario de España y Portugal’ del francés Germand Lavigne, donde también son mencionadas.
Hay incluso existencia gráfica de las momias desde hace años, de la mano del prestigioso fotógrafo Koldo Chamorro, quien publicó una fotografía en el libro ‘España mágica’, en 1982. Mientras, en el año 2013, sirvieron de argumento a una novela del utrerano Francisco Jesús Navarro Benavides, titulada ‘Las momias de Santiago el Mayor’.




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