La sala de muestras de la Casa de la Cultura acoge una exposición del pintor Patricio Cabrera. Esta propuesta del artista de Gines hace parada en Utrera, donde estará abierta hasta el 21 de octubre. Puede ser visitada, con entrada gratuita, de 11.00 a 13.00 y de 18.00 a 21.00 horas.
Bajo el título «Aquí hay dragones», la exposición consiste en una muestra retrospectiva de su obra, con dibujos y pinturas datados entre 1994 y 2018, si bien tienen especial protagonismo sus creaciones más recientes. La muestra lleva al espectador a paisajes inexplorados, salvajes, indómitos, a los bajos fondo del subconsciente, donde habitan lo fantástico y lo imaginario, la naturaleza y la cultura popular.
Ahí, entre otras cosas, está la visible huella del surrealismo en Patricio Cabrera. Ahí y en su voluntad de «disolver la identidad al principio del placer», como sugiere José Yñiguez, comisario de una exposición quiere mostrar mediante una amplia selección la obra, no solamente como una muestra antológica, sino como un atlas de imágenes, una cartografía pictórica, que invita tanto a repasar su trayectoria como a descubrir significados nuevos en su pintura.
Patricio Cabrera es uno de los pintores más interesantes surgidos en los años 80 en Sevilla, que cuenta con una trayectoria ampliamente reconocida. Es una de las más interesantes figuras artísticas del panorama actual español de las artes plásticas, con obras en los museos y colecciones más importantes del país, como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, Fundación Bancaria La Caixa, el Museo Patio Herreriano de Valladolid, o Fundación Coca-Cola, entre otros.
La trayectoria de Cabrera empieza en los 80, pintando bodegones al modo expresionista de entonces, pero en alguno ya aparecían indicios de lo que serían sus obras posteriores. En uno de 1983 que estuvo en su primera exposición individual en la galería Melchor en 1984, además del autorretrato parcial y la figura del caballete como retrato interpuesto, se aprecian diferentes escenas con diversos puntos de vistas conformando un espacio fragmentado pero complementario. Asimismo, los pescados del bodegón de la parte inferior derecha cobran vida propia, se convierten en peces, aunque sean esquemáticos, y se escapan de la naturaleza muerta para nadar por la tela. Aparecerán otros peces nadando libremente en obras muy posteriores del artista, indicando que el cuadro es algo tan complejo como el mundo y que no se puede reducir a un vistazo, sino que todo lo que acontece en el cuadro, como en la vida, aparece urdido, imbricado y en proceso de cambio. Muy poco después de los bodegones, encontró el paisaje.
Casi todos los críticos y conocedores insisten en su relación con el paisaje, relación que aún se mantiene. El paisaje es mucho más que el género codificado por los pintores de vistas holandeses, y que en el romanticismo dio cabida a la proyección psíquica del artista como reflejo de su relación con la naturaleza.

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