Esta emblemática construcción, que aún se encuentra en pie, se sitúa en la entrada de la ciudad, junto a la gasolinera del mismo nombre
A comienzos de la década de los años 30 del siglo XX se levantó una curiosa casa que durante mucho tiempo simbolizó la frontera de la ciudad de Utrera. La habitaba una utrerana que ha pasado a la historia por su hospitalidad, por su amabilidad a la hora de atender a todos los caminantes que por allí transitaban, que falleció en el año 1970 y que se llamaba
Aurora Castillo Blanco
. Un nombre que está ligado para siempre a la zona en la que se encuentra la casa, en lo que hoy es la avenida Alcalde José Dorado Alé, junto a la gasolinera BP y el denominado polígono ‘La Aurora’.
Son pocos los que en Utrera saben la razón por la que toda esta zona tomó el nombre de Aurora, todo ello en un paisaje urbano que poco tiene que ver con lo que allí se podía ver hace poco menos de un siglo. El casco urbano de Utrera no comenzaba hasta la plaza de La Trianilla, por lo que todo lo que había antes eran huertas, campos y muy pocas construcciones. De entre estas pocas edificaciones destacaba la denominada como ‘La Casilla de la Aurora’, que
era reconocible también por disponer de un pozo con agua fresca y un gran olivo en la puerta
. María del Carmen de la Rosa es la biznieta de Aurora, una señora que llegó a ser muy conocida en su época y cuenta cómo «la casa de mi bisabuela hacía las funciones de
la puerta de entrada a Utrera
, un lugar al que acudían muchas personas que antes de entrar en Utrera se refrescaban, se limpiaban un poco y tomaban un vaso de agua». Era un lugar de mucho tránsito, una especie de puerta de entrada a Utrera, por el que pasaban todos los días muchos trabajadores del campo, por lo que la casa pronto se convirtió en un lugar de referencia para todos los utreranos.
Una casa que, además, jugó un destacado papel el julio de 1936, un momento trágico en la historia de España, en el que se desató la Guerra Civil. Al ser la primera casa que las tropas nacionales se encontraron cuando venían desplegadas desde Sevilla, sin saber qué situación se iban a encontrar,
tomaron a Aurora como ‘escudo humano’ durante unos minutos
. Reproducimos a continuación el relato de este momento tal y como se ha ido transmitiendo de padres a hijos en la familia: «Los soldados llamaron a la casa por la puerta del postigo del corral y Aurora les preguntó qué querían. Le preguntaron por los hombres de la casa y ella contestó ‘aquí no hay hombres ninguno, están trabajando, solo estamos mis niñas y yo’. Le hicieron abrir la puerta y entraron a la casa. Aurora estaba con sus hijas, Carmen de 16 años y María, un bebé de un año. Estaban muy asustadas, Aurora cogía a su niña en brazos y
los soldados le dijeron ‘haga usted el favor de acompañarnos
a la entrada del pueblo’, ella rehusó diciéndoles que tenía una hija pequeña y pero ellos le dijeron ‘no se preocupe, usted va a volver pronto, es solo para que nos acompañe a la entrada del pueblo’.
Entonces ella le dio el bebé que tenían brazos a su hija mayor, que estaba llorando por temor a que los soldados le hicieran daño a su madre. Los soldados le dijeron ‘no llores que a tu madre no le vamos a hacer nada. Quédate con tu hermana, que tu madre va a volver pronto’ y, cogiendo a Aurora por el brazo para separarla de sus hijas, le dijeron ‘venga, que nos tiene que acompañar. Usted vaya por delante’. La pusieron al frente del grupo de soldados y así
caminaron hasta llegar a la plaza de la Trianilla
y entonces le dijeron ‘ya puede volver usted con sus niñas’. Aurora volvió corriendo por la carretera de regreso llorando. Cuando llegó a su casa se quedó allí esperando a que su marido, que trabajaba en Renfe como guardagujas, volviera del trabajo. Le contó lo que había pasado y decidieron salir de la casa en ese mismo momento y buscar ayuda donde unos conocidos que vivían en una casa en el campo, en una zona llamada ‘Las canteras’, donde se resguardaron por varios días. Así, Aurora, su marido José y sus dos hijas salieron al encuentro de sus hijos José y Manolo, que ya estaban en casa de sus conocidos. Estuvieron en aquella casa conviviendo con la familia que les acogió durante varios días y finalmente decidieron volver a su casa. A su regreso
se encontraron las señales de que los soldados habían vuelto a la vivienda
y habían acampado allí. En la zona del corral, junto a la vivienda, hallaron los restos de haber hecho fuego. Habían matado las gallinas que tenía la familia y se las habían comido. Dentro de la casa encontraron que la habían saqueado. Todo estaba revuelto, los cajones de la cómoda estaban abiertos. Las ropas y enseres por el suelo, y se habían llevado los pocos objetos de valor que tenían como un mantón bordado a mano y una polvera de carey que Aurora guardaba con cariño para algún día legárselo a sus hijas». Una historia que ha quedado guardada en esta familia que durante tantos años vivió en un lugar que servía para dar la bienvenida a todos los que llegaban a Utrera, marcado por la personalidad de
una mujer que aún hoy le da nombre a toda una zona
. Como curiosidad, su biznieta cuenta cómo en la construcción de la gasolinera de La Aurora trabajaron su hijo y su nieto y cómo «a ella no le hacía mucha gracia que hubiesen bautizado la gasolinera con su nombre. Hubiese preferido que alguna de sus nietas llevara su nombre».
Una casa que sigue en pie en la actualidad
, rodeada de edificaciones más modernas, en la que incluso una de ellas ha sido bautizada con el nombre de Villa Aurora. Todo ello en una zona que ha cambiado mucho con el paso del tiempo, aunque tanto la casa como el mojón de piedra histórico que indica las distancias a los destinos más importantes que se encuentra junto a la gasolinera, son dos elementos que permanecen casi inalterables.




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