Utrera ha sido un enclave muy importante para el mundo del flamenco a lo largo de las últimas décadas. Lo ha sido gracias a lo que han aportado artistas irrepetibles como Fernanda y Bernarda, Perrate, Gaspar de Utrera o Bambino. Pero ese lugar de privilegio que ocupa la ciudad, que se ha convertido en un santuario para muchos amantes del flamenco, lo ha conseguido también gracias a la aportación de muchas personas que son más desconocidas para el gran público, utreranos y utreranas anónimos, pero que en última instancia representan lo más auténtico del flamenco.
Es el caso de la utrerana Josefa Granados, más conocida en la ciudad como ‘Josefita del Vereo’, que a sus 93 años guarda en su interior la más absoluta verdad del cante y que ha vivido de lleno todos los grandes momentos que dio la generación de oro de artistas de Utrera. Esta utrerana nunca se ha dedicado profesionalmente al mundo del flamenco, pero la magia de su cante ha sido uno de los secretos mejor guardados por sus amigos y familiares, que sólo ha aflorado al exterior en los últimos años, cuando muchos aficionados han vibrado escuchando esa garganta y ese corazón tan puro.
Por simples motivos circunstanciales, Josefa nació en Sevilla, en el barrio de la Macarena, ciudad en la que su padre Curro Granados -que era ferroviario- estaba destinado profesionalmente. Muy pronto llegó a Utrera, donde fue bautizada en la parroquia de Santiago el Mayor, y las calles y plazas de la localidad se convirtieron en su patio de juegos
Con sólo 12 años comienza a trabajar en la fábrica de aceitunas de Luque, convirtiéndose en una más de esas cientos de fabricantas que por aquellos años trabajaban en esa industria que tan importante fue para el progreso de Utrera. «Era muy joven todavía para comenzar a trabajar, pero se hizo un arreglo y me apuntaron como que tenía 14 años», cuenta la propia Josefa, quien recuerda cómo iba cada día a trabajar con su latita de atún preparada para ser convertida en una copa de cisco portátil y aguantar así mejor «el frío que se pasaba rellenando aceitunas». Hasta los 63 años ocupó su puesto de trabajo, haciendo amistades inolvidables que a día de hoy aún perduran.
De una manera natural, sin necesidad de aprender ni de mostrarlo ante grandes auditorios, Josefa ha cantado flamenco siempre de una manera muy especial, lo que ocurre es que su arte se ha quedado durante gran parte de su vida reservado a sus personas más cercanas. Esta utrerana compartió momentos únicos de la mano de Fernanda y Bernarda, que eran sus primas, por lo que ha visto pasar por la casa de las dos inolvidables hermanas a artistas de la talla de «Antonio Mairena, Lola Flores o Manolo Caracol, además de todos los más grandes de Utrera». Ella vivía estas fiestas con intensidad, pero era rara la ocasión en la que se arrancaba a cantar una pequeña letra aunque, como ella mismo recuerda, «Bernarda me animaba siempre a que cantara, pero yo no daba el paso. Ahora pienso que, si Bernarda pudiera ver la que he formado cuando he cantado en algunos espectáculos, se volvería loca de alegría».
Fue en la Bienal de Flamenco de Sevilla de 2016 cuando Josefita, a sus entonces 88 años, destapó parte de su tarro de las esencias. Ella formaba parte de un espectáculo en el que estaban incluidos muchos artistas de Utrera y, cuando su voz sonó en el espacio Santa Clara, todos los que estaban allí conectaron con la dimensión más auténtica del flamenco, un arte surgido en las casas de Andalucía y a través del cual numerosas generaciones de andaluces han expresado sus penas y alegrías y cuya verdadera esencia sonaba en las notas que salían de lo más profundo de esta utrerana.
Cuando mira hacia atrás, Josefa asegura que «tuve la suerte de criarme escuchando a los mejores artistas, pero hasta en las fiestas más cercanas me daba vergüenza cantar, aunque siempre tuve muy buena voz, y lo que es más importante una voz muy gitana». Esta entrañable y cariñosa utrerana, de la que sorprende su tremenda naturalidad, buen humor, magnífico apetito y espontaneidad, tiene muy claro, después de haber vivido tan tarde todo lo que supone subirse a un escenario, que «ahora, cuando me traslado a esos años, la verdad es que sí me hubiese gustado dedicarme al cante».
Josefa es una mujer muy querida por todos los que han tenido la suerte de conocerla y un auténtico faro para sus familiares, especialmente para sus sobrinos, que están continuamente pendientes de ella y que son sus principales admiradores.
Una mujer que tras dejar su duro trabajo en la fábrica de aceitunas decidió iniciar su formación en el colegio de adultos de Utrera, donde dejó huella en todos los que tuvieron contacto con ella y se convirtió en el componente más destacado del coro. «Después de la fábrica lo he pasado muy bien, he viajado mucho e hice muy buenas amistades, además las maestras que tuve me quieren mucho», cuenta Josefa con una sonrisa que no le cabe en la cara.
Josefa guarda en su interior lo más auténtico del flamenco de Utrera de las últimas décadas, ese flamenco que tuvo su mayor expresión en fiestas irrepetibles en las que el arte manaba a borbotones. Es referente de una época que se ha convertido en una de las páginas de oro más destacadas para el patrimonio del flamenco. Un arte que se encuentra en su interior de una manera natural, y cuya enorme generosidad le hace regalar como muestra de cariño a todos los que tienen la suerte de compartir un rato con ella.

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