Fernando Chaves. In memoriam

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Manuel Viera

Lo veía cada mañana por el Paseo de Consolación con sus andares cansinos y su planta de torero. Porque torero fue hasta la triste mañana de este 15 de enero en la que se nos fue. En silencio, sin molestar, despacio y con tiempo, y como siempre al abrigo de su compañera de vida. Se ha ido un torero, un buenísimo aficionado, pero, sobre todo, un excepcional ser humano. Viéndolo como si fuese ayer recuerdo su felicidad sustentada en la pequeñas cosas: un amable y cariñoso saludo, una palabra afable, una broma con irónica guasa, un buen plato de guiso y ese deseo constante de las mejores de la suertes para sus toreros de Utrera. Con semejante señor el disfrute lo tuve asegurado desde que lo conocí. Gocé de su sapiencia taurina, de su bonita historia de querer ser y no pudo ser, pero de lo que más gocé fue de su amistad. Rotundo en cuestiones opinables del toreo, su manera de recordar y contar eran determinante para que lo dicho cogiese auténtico peso. Y, además, todo hablado con ese punto de ejemplaridad concluyente con su característico e irónico humor. Quizás, porque tras sus intentos de ser alguien en el toreo, su vida se sostuvo sobre momentos, sobre la sustancia misma de vivir su afición, sobre la alegría de expresarla en la ayuda constante a todo el que quería ser torero en esta tierra de campiña, con la palabra fresca, cordial y regocijante de su trabajo de fiel mozo de espadas. Ha sido mucho más que ese gran aficionado al toro. Algo más que un excepcional mozo de espadas a las órdenes de los más significativos toreros de Utrera. Fernando Chaves Sedeño ha sido una persona sencilla, sabia, sensible, afable… Un experto del toro que adoró la Fiesta hasta el último día de su vida.  En él hubo un mundo que sólo en los hombres extraordinarios puede estar: un universo de inmensa calidad humana. Ya descansa en paz el inolvidable amigo, el ser admirable. Toda su historia queda encerrada en la corta línea escrita de una palabra: Torero.

Así fue

Fernando fue uno de eso jóvenes que en los años sesenta del pasado siglo soñaban con el toreo. Junto a Zarate, José Díaz “Cuqui”, Bartolomé Corona, Carito, Manolo Barrera, Pepe Castillo y quizás otros, emprendieron ese difícil y complejo camino que es solo para elegidos. Toreó novilladas sin picadores sin llegar a debutar con los del castoreño. Incluso hizo el paseíllo en característicos festivales en la plaza de toros del Arrecife utrerano Fue fundador de la Escuela Taurina de Utrera junto a José Díaz Cuqui, allá por los inicios de los ochenta, escuela en la que empezaron a torear Joaquín y José Antonio Díaz, los dos chiquillos de El Cuqui que mostraban maneras. Desapareció la escuela y Fernando se colocó de mozo espadas con Joaquín Diaz, un torero con un concepto tan diferencial que ilusionó a la afición en esos años excepcionales del 91, 92 y 93. Tras la retirada de Joaquín, Fernando siguió con sus afición ayudando a todo aquel que luchaba por ser torero. Fiel mozo de espadas fue también de Carito, de Fernando González de Daniel Araujo, y fiel chofer de su amigo Juan Manuel Rodríguez Vélez en transitar constante del empresariado taurino.

Todo un modelo de afición y sabiduría.

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