Enrique de la Cuadra, el hombre que soñó e hizo posible la Utrera moderna

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La Utrera moderna no se podría entender sin la labor que en apenas medio siglo realizó Enrique de la Cuadra, quien nació en la entonces conocida como Plaza de la Villa, el 19 de marzo de 1842. Hijo de Clemente de la Cuadra -un intrépido cántabro que hizo fortuna en América y que recaló en Utrera-, Enrique es en cierta manera el creador de la Utrera que hoy pisan muchos ciudadanos: restauró iglesias, modernizó el cultivo de la aceituna, adoquinó calles, abrió nuevas avenidas y su interés por la cultura le llevó a fundar periódicos, inaugurar el actual teatro y a recopilar la fragmentada obra del Abate Marchena.

A la muerte de su madre, cuando sólo tenía dos años de edad, Enrique es enviado a estudiar primero a Santander, para seguir posteriormente su formación en tierras francesas y belgas. Se licencia en leyes, y son años en los que recibe una carta firmada por su padre en la que le anuncia que se ha arruinado y que por tanto tiene que buscarse la vida. El bueno de Clemente le estaba gastando una broma a su hijo, pero Enrique ya demostró de qué madera estaba hecho, aprendiendo en poco tiempo el oficio de sombrerero para buscar un futuro profesional.

Desmentida la chanza, en el año 1866 Enrique vuelve a Utrera y se fragua una alianza matrimonial con Marciala Sainz de la Maza –nacida en El Real del Catorce (México), hija de Santos Sainz de la Maza, quien había sido compañero de aventuras de Clemente en tierras mexicanas-, en una unión que se materializa en Santander en 1867. Como explica Fernando de la Cuadra en una pequeña biografía sobre su bisabuelo, «se unían los hijos de dos indianos que habían triunfado en la vida, dos familias oriundas de las montañas cántabras que hablaban con acento mexicano».

Enrique se convertía así en el heredero del ingente patrimonio que habían acumulado las dos familias, y poco a poco comienza a realizar numerosas compras de solares e inmuebles de la zona de la plaza de Gibaxa que terminarían dando origen al fantástico edificio que en la actualidad ocupa el ayuntamiento de Utrera. Se inicia una etapa frenética en la vida del utrerano, en la que hace sus pinitos en el mundo de la política, siendo concejal, alcalde y finalmente integrante del Congreso de los Diputados.

Uno de sus principales objetivos fue mejorar el sistema de refinado de aceite de oliva que en aquellos años se practicaba en Utrera. Así, acapara innumerables haciendas y cortijos de toda la zona con el dinero que le llegaba de las minas de El Real del Catorce, hasta el punto de que la leyenda popular indicaba que «ni él mismo sabía el patrimonio que tenía». Siguiendo el ejemplo de las pujantes industrias que ya se habían instalado en el País Vasco y en Cataluña, Cuadra trata de imitar ese modelo en Utrera con la puesta en marcha de su fábrica de aceite, creando un producto que deslumbró en diferentes exposiciones celebradas en Barcelona, Viena, París o Viena, donde su aceite consiguió numerosas menciones.

Enrique de la Cuadra era heredero de las ideas ilustradas que habían recorrido Europa desde finales del siglo XVIII, por lo que siempre trató de transformar su entorno más cercano, el pueblo que lo había visto nacer y donde vivía. Así, en 1879 impulsó la creación de un periódico exclusivo de Utrera, llamado «El Defensor de Utrera» y pagó de su propio bolsillo la restauración de la iglesia de Santiago, del convento de las Madres Carmelitas, levantó en un terreno de tierra la calle Vía Marciala para conectar la ciudad con la estación de tren y financió el alcantarillado y la pavimentación de numerosas calles del centro de Utrera.

Poco antes deslumbró al pueblo entero con la construcción de la casa-palacio de la plaza de Gibaxa, en un edificio con más de dos mil metros cuadrados, que contaba con instalación eléctrica en todas sus estancias -algo impensable para la época- y donde dio rienda suelta a la creatividad de los artistas forjando los espectaculares salones historicistas (alemán, árabe, chino y pompeyano).

Algunos de sus proyectos se quedaron en nada, como fue el caso de un megalómano monumento a Rodrigo Caro que encargó a Antonio Susillo, solucionar los problemas de abastecimiento de agua que sufría Utrera o la construcción de un mercado de hierro y cristal, pero todos esos fracasos se compensaron en 1887, porque abría sus puertas el que es quizás el legado más importante que Enrique dejó a Utrera: el teatro La Scala, que hoy lleva su nombre y que sigue siendo el principal espacio cultural de la ciudad. Un recinto que se inauguró con la obra de Meyerbeer «Los Hugonotes», en un día en el que incluso hubo trenes especiales para disfrutar del acontecimiento.

Sin dejar el apartado cultural, encargó a su amigo Marcelino Menéndez Pelayo la edición y recopilación de los escritos del ilustrado Abate Marchena, un personaje al que ambos admiraban y odiaban a partes iguales y que en aquellos momentos era un gran desconocido para los utreranos.

Enrique es, sin lugar a dudas, el creador de la Utrera moderna, que poco a poco se levantaba después de un siglo XIX marcado por dificultades económicas, carestías y hambre. Acumuló un patrimonio espectacular, articulado por casi 11.000 hectáreas de tierra y medio centenar de fincas urbanas. Su compromiso con su ciudad llevó al Ayuntamiento a rotular con su nombre la plaza donde había nacido.

Con sólo 52 años de edad -pero con una vida frenética que dejó huella-, en el 1894 y con el siglo XX ya en el horizonte, fallecía Enrique de la Cuadra, uno de esos hombres que con su espíritu y con su potencial económico, cambió el rumbo de Utrera.

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