El Instituto Ruiz Gijón en mi recuerdo

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Escribir consiste, muchas veces, en volver la mirada a un recuerdo que sigue vigente. ¿Se puede hacer presente el pretérito, declinando el lexema de la memoria para saber quién es quién? No seré yo el que lo afirme. Ni tampoco, el que lo niegue. Todo es posible. Y, más aún, cuando la relectura se hace con el objetivo de caligrafiar lo que vivimos en una etapa no muy lejana. Decía Francisco Umbral: «Escribir es la manera más profunda de leer la vida». Como una actitud. Recordando el universo textual de los fragmentos. Y los párrafos de la existencia de cualquier biografía, por modesta y anónima que sea.

Junio de mil novecientos setenta y siete. Se celebran en España las primeras elecciones democráticas. Yo estoy haciendo el servicio militar en Zaragoza. Pido permiso al capitán de la compañía y, tras unas semanas de maniobras en Jaca, me lo concede. Me presento a las oposiciones al cuerpo de profesores agregados (Lengua y Literatura). Gano una plaza. Y me adjudican como destino el IB Ruiz Gijón. (Hoy, IES Ruiz Gijón). En el autobús de línea, voy a Utrera y me presento al director: el catedrático de Lengua y Literatura, Alberto Fernández Bañuls (que, como sabemos, murió, hace unos años, de cáncer de pulmón). Hombre cercano y agradable en el trato. Con sus virtudes y defectos, como cualquier persona. (Guardo un buen recuerdo de Alberto).

Me saludó en la sala de profesores Miguel Iribarren Torres, quien, después, sería un magnífico compañero, además de un brillante profesional, como profesor agregado de Lengua y Literatura. Estuve en el nocturno y pasé un buen curso. Excelsa relación con mis compañeros y, por supuesto, con los alumnos. Recuerdo de aquella etapa, aparte de a Miguel Ángel, a José Manuel Ortega Capita, profesor de Francés, a Herminia Marín, profesora de Geografía e Historia, al singular y entrañable Antonio Jiménez, profesor de Ciencias Naturales, a Manolo Caballero, profesor de Matemáticas, y a José Manuel Colubi Falcó, catedrático de Griego y jefe de estudios de aquella sección. ¡Un gran intelectual y una bellísima persona! Había comenzado mi relación con Utrera. Conocí a mucha gente en el pueblo e hice unas gratas amistades; entre los amigos, recuerdo al llorado Maestro José María (Tate) Montoya López, a Pepe Boje y a Manolito, «Yiyi».

Julio de mil novecientos setenta y ocho. Voy a Madrid en tren para presentarme a las oposiciones al cuerpo de catedráticos de Bachillerato de Lengua y Literatura. Reservo una habitación en una modesta pensión de la calle de la Montera. Junto a la Puerta del Sol. Y cerca de la Gran Vía. Calle Mayor. Plaza Mayor. Y calle Toledo, donde se encuentra el Instituto San Isidro. Allí es la presentación. Y allí son las pruebas. Muchos opositores. Pocas plazas: veintisiete para toda España. Dos temas, de los ciento cincuenta y tres, al azar. Pienso en retirarme. Pero recapacito; y redacto los textos. Lectura pública, para defender lo que se había escrito. Supero el primer ejercicio. Y el segundo. Y el tercero. Me corresponde una plaza. Tenía veinticuatro años. ¡Alegría inmensa! ¡Felicidad! Me bebo unas cuantas copas para celebrarlo. La madrugada era alba. Y el alba, madrugada. En las calles madrileñas. En las tabernas. En la noche. Y en el atardecer de la noche. Recordando con un gin-tónic en la mano a Quevedo, a Larra, a Goethe, a Valera, a Bécquer, a Eugenio D’Ors, a Valle-Inclán, a Gómez de la Serna, a Juan Ramón Jiménez, a Julio Camba, a César González-Ruano. Porque sus textos tenían el ingenio expresivo, trazado en la piel de la vida. Con la sintaxis y semántica inconfundibles en el cuándo, en el cómo y en el porqué, además de en el dónde; ya que en sus prodigiosas plumas estaban encerradas las claves más singulares del estilo.

¿Qué es escribir? La respuesta la encuentro, de manera inmediata, en las palabras y los sintagmas embellecidos por la claridad, la concisión y la brevedad. El párrafo corto y puntuado con perfección quevediana. El adjetivo, como clave. El aroma de los textos, con ese olor a caligrafía que tienen los secretos tan bien guardados del punto y coma. «Una literatura, hija de la experiencia y de la historia, y faro, por tanto, del porvenir; estudiosa, analizadora, filosófica, profunda; pensándolo todo, diciéndolo todo», escribió Larra.

Alcaudete, El Arahal y, de nuevo, Utrera. Y el IB Ruiz Gijón. Es la directora una guapa mujer gallega y una extraordinaria persona: María Victoria Camazón, catedrática de Latín. Me propone ser vicedirector. Yo le doy el no como respuesta. Mas, ante su insistencia, acepto el cargo. Me entrego al trabajo, a las clases, a la vicedirección. En enero, la directora pide la baja, al estar embarazada y acercarse el parto. Me quedo como director en funciones. Joven; muy joven. Veintisiete años. Falto de experiencia y del conocimiento de la maldad humana.

Febrero de mil novecientos ochenta y uno: recibo al ministro de Educación y Ciencia, en el Gobierno de la UCD, Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona. Viajaba a Utrera para asistir al centenario del colegio de los Salesianos. Yo le escribí una carta para argumentarle que tenía que visitar el Instituto Ruiz Gijón y conociera, de este modo, los problemas de un centro público como este. No hay respuesta. Tras unas laboriosas gestiones, anuncia su llegada. Los resultados fueron muy provechosos para el centro. El 23 de febrero, en el tren de las 23 horas, voy a Madrid en tren para acompañar a la profesora de Inglés, Bolette Boye, ya que tenía un grave problema con el concurso de traslados. En un Madrid, agitado y soliviantado por la larga noche de los golpistas en el Congreso de los Diputados, entre los rumores, los gritos, las protestas y miedo, vamos al Ministerio de Educación y solucionamos la cuestión. En la calle Alcalá, nos enteramos de que el golpe de Tejero y Milans del Bosch había fracasado. La incipiente democracia había estado en peligro. Y las libertades. Y el futuro. Y tantas y tantas ilusiones y esperanzas. Vuelta a Utrera. Curso a curso. Hasta mi paso a la enseñanza universitaria en enero de mil novecientos noventa.  El curso mil novecientos ochenta y tres-ochenta y cuatro estuve de vicedirector, con mi buen amigo y excelente compañero, José Antonio Zambrana Pineda, de director

¡Muchos recuerdos, queridos compañeros y queridas compañeras, en el cincuenta aniversario de nuestro dilecto instituto!: José Antonio Zambrana, Miguel Ángel Iribarren, Ana Broquetas, María Victoria Camazón, Salvador García, Joaquín Rivas, Azucena Méndez, Pepa Parejo, Fernando del Castillo, Jesús Moreno, Pilar Mondéjar, Adolfo Bolea, Andrés Piqueras, Reyes Sánchez Burgos, Lola García Corral… ¡Un fuerte abrazo para todos vosotros y todas vosotras! Y muchas gracias, en particular, a José Antonio Zambrana, por haberme invitado a escribir este sencillo artículo.

Como escribió François Bacon, «vieja madera para arder; viejo vino para beber; viejos amigos en quienes confiar; y viejos autores para leer». Hablándose a sí mismo en la postal del recuerdo el Instituto Ruiz Gijón de nuestra mirífica Utrera. Con estilo propio. Para que las palabras queden. En la cima de la escritura. Por los senderos que uno piensa. Rememorando lo que afirmó Bend Bradlee: «El fundamento es buscar la verdad y contarla». Viendo las orillas del mundo por el cristal de una copa vacía. Con Madame Bovary y Ana Karenina, bajo el brazo. Y el sol, entre las manos. De repente. Al haber dejado, para siempre, en la cuneta del olvido aquellas tabernas alcohólicas, decadentes y oscuras; como un hecho consumado en un largo homenaje. Quizá, envuelto en el celofán de los instantes. De aquellos años. En el epígrafe de sí mismos. En este histórico cincuenta aniversario. Como palabras que se arraciman en todas sus formas para decir lo que solo sabe decir la literatura con esa cualidad tan indefectiblemente única. En el flash-back de su monólogo interior. Remembrando aquellas palabras de Jorge Luis Borges (tan dilectas para mis hijas Araceli y María): «Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído».

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