La historia de la iglesia palmariana está salpicada de rocambolescas historias que han marcado su más de medio siglo de existencia. De una de ellas se han cumplido 40 años y fue protagonizada por su fundador, el autoproclamado ‘papa’ Clemente.
Corría 1982 cuando Clemente Domínguez estaba en la localidad salmantina de Alba de Tormes. En aquel momento, las campanas comenzaron a tocar a rebato y se corrió la voz de que querían llevarse los restos de Santa Teresa. Como recuerda el periódico salamanca24horas.com, todo surgió porque este hombre habría llamado «rameras» a Santa Teresa y las monjas dentro de la iglesia de la Anunciación, donde reposan los restos de la santa y donde el líder de dicha secta estaba acompañado por ocho de sus obispos, según relatan los diarios de la época.
De repente se desató la ira entre los albenses y corrió como la pólvora el rumor de que querían llevarse las reliquias de la santa. Y se montó el lío. Un vecino, creyendo el rumor del robo, cerró la iglesia con Clemente y sus obispos dentro y tocó las campanas. Cientos de vecinos indignados se reunieron en la Plaza de las Madres e intentaron agredir a Clemente y sus obispos.
Los palmarianos llegaron a los coches para irse entre la marabunta de gente y fue en este momento cuando los vecinos atacaron los coches. Apareció en escena el párroco, Florentino Gutiérrez, que estuvo en la villa ducal 33 años, quien recuerda ese día perfectamente. Cuando la multitud estaba en la plaza de las madres carmelitas lo avisaron: «yo estaba en Salamanca, tenía un funeral y en la catedral y me llamaron. Cuando llegué, había un gran tumulto, con mucha gente allí y todo fue un malentendido, un error, pero cuando todo un pueblo se pone así es muy difícil controlarlo». El párroco recuerda que todos creyeron la teoría del robo de las reliquias, pero «era mentira, yo mismo hablé con Clemente, le dije que era el párroco de Alba y me dijo que todo era un error».
Volcaron uno de los coches y, ante la posibilidad de que volcaran el otro, Florentino Gutiérrez se subió al coche pidiendo calma. El párroco recuerda que se subió al vehículo «para evitar que lo volcaran porque ya habían tirado uno, pero no fui capaz». El Seat 132 del papa del Palmar acabó destrozado. Florentino tuvo que bajarse del coche cuando vio que no calmaba a la gente con sus palabras. El otro, un Seat 1.430, acabo en el río Tormes. La gente lo llevó hasta la entrada del pueblo y lo lanzó superando el pretil del puente al río. Después lo quemaron.
Florentino asegura que ese día fue uno de los más duros de su vida como párroco. «En 33 años como párroco de Alba fue el momento más duro de todos. También es verdad que después vino el momento mejor, con la visita del Papa Juan Pablo II, pero ese día fue todo un caos», explica.
Tras los acontecimientos llegó el momento de declarar. «Fue una noche muy larga, tuvimos que ir a declarar a Salamanca, al juzgado, pero todo el mundo entendió que esto fue un malentendido. La gente creyó una mentira y se alteró y es algo muy difícil de parar cuando es todo el pueblo el que estaba allí», afirma.
La autoridad judicial mantuvo abierto un procedimiento por los «desórdenes públicos» ocurridos. Así lo aseguraba ABC, que afirmaba que el papa Clemente y sus obispos se reponían de sus lesiones. En dicho diario afirman que, según una nota del Gobierno Civil de Salamanca, el papa y los obispos entraron en el templo «dando gritos y profiriendo insultos contra Juan Pablo II y la Iglesia». Esta «ofensa» es la que propició los hechos posteriores y que los vecinos tomaran la justicia por su mano dando pie a un escándalo que corrió como la pólvora por todos los medios nacionales. Hasta Interviú dedicó un reportaje a los acontecimientos que hoy no se hubieran justificado del modo que se hizo hace 40 años.

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