«Cuando entré en el taller lo que hacía era sólo barrer para no estropear nada»

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El utrerano José Antonio Sanmartín aprendió la profesión de dorador con los mejores artesanos de Sevilla 

La Semana Santa está ligada de manera irremediable a una serie de profesiones y artesanos que, si no fuera por esta tradición, inevitablemente hubieran perecido debido a la dirección de los tiempos, que ha terminado apostando por el trabajo mecanizado y en serie. Las hermandades han sido las responsables de que estas formas de arte no se hayan perdido, y que en la actualidad existan profesionales como el dorador utrerano José Antonio Sanmartín Ledesma, quien ha sido el responsable de crear la pintura que ha servido como cartel de la Semana Santa de 2021.

En un momento difícil para todos estos artesanos y profesionales, ya que la pandemia ha reducido de manera drástica los encargos por parte de las hermandades, es un instante perfecto para hacer un viaje en el tiempo de la mano de Sanmartín y conocer cómo se inició en esta profesión tan especializada. Fue a comienzos de los años 90 del pasado siglo XX, una época dorada para las artesanías vinculadas con la Semana Santa, cuando este utrerano comenzó a aprender el oficio de dorador, concretamente en el taller del maestro Manuel Calvo Camacho, que le trabajaba a Guzmán Bejarano.

José Antonio llegó a este taller acompañado de algunos miembros de la hermandad de Jesús Nazareno, ya que precisamente el paso de este símbolo de la Semana Santa de Utrera se encontraba en plena creación por aquel entonces. «Al principio lo único que hacía en el taller era mirar, no tocar nada para no estropearlo, barrer y limpiar los utensilios que utilizaba el maestro», explica el utrerano, quien considera un guiño del destino que fuera precisamente un paso de su tierra el primero con el que comenzó a aprender la profesión.

Eran momentos de mucho trabajo para este tipo de talleres, las hermandades se encontraban saneadas económicamente, estaban creciendo mucho, por lo que decidían con mucha frecuencia aumentar o mejorar su patrimonio. Sanmartín estaba en el momento y en el lugar apropiados para aprender todos los detalles de un oficio fundamental para la Semana Santa. «Se aprendía muchísimo en ese taller porque había mucho trabajo, para mí lo importante era ver mover las manos al maestro, allí estaba el meollo de Sevilla», recuerda el utrerano, que por aquel entonces apenas superaba los 20 años de edad y quien no fue consciente hasta años después del lugar tan importante para la artesanía cofrade en el que se encontraba.

El utrerano vivió una etapa en la que este tipo de oficios no habían sucumbido aún a la fiebre del academicismo o el profesionalismo que posteriormente terminó casi tragándoselos. Se trataban de tareas que pasaban de maestro a aprendiz, y cuyas claves no se aprendían en los libros, sino directamente en el taller a base de muchas horas, atención y práctica. Talleres en los que, además, también se hacían muchos trabajos vinculados a la restauración de los enseres y patrimonio de las hermandades.

Tras esa etapa inicial, las primeras láminas de oro que puso el utrerano formaron parte de una de las jarras de la canastilla del paso de misterio de la hermandad de la Esperanza de Triana, por lo que en unos tres años aproximadamente de formación aprendió el oficio desde abajo, como se hacía en aquellos años, especializándose también en pintar cartelas.

Después llegaron los años en los que el utrerano comenzó a volar solo, abriendo un pequeño taller de dorado en la calle La Plaza, donde puso en práctica todo lo aprendido en la etapa anterior, y donde llevó a cabo uno de los trabajos que recuerda con más cariño, como fue el dorado del paso del Cristo del Amor, de la hermandad de los Estudiantes de Utrera. «Fue un trabajo que duró siete u ocho años, pero en el que siempre digo que no se percibe diferencia del primer oro que se puso al último», cuenta el artesano utrerano. Un taller del que han salido en los últimos años trabajos para diferentes puntos del territorio andaluz como, por ejemplo, para el trono de la Santa Cena de Málaga o Nuestro Padre Jesús Nazareno de Linares.

Representante de una de esas profesiones que casi resulta un milagro que en la actualidad sigan vivas, el utrerano mira al futuro con optimismo, y asegura que, «cuando pase todo esto, los talleres seguirán trabajando, esto no se puede parar, el patrimonio que tienen las hermandades hay que mantenerlo».

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