«Los Cuadra trajeron la modernidad a Utrera»

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El historiador utrerano Andrés Otero ha trabajado durante dos años en una interesante tesis centrada en esta conocida familia

Todo utrerano que se precie ha escuchado hablar alguna vez de Clemente y Enrique de la Cuadra. O, al menos, le suenan estos nombres, ya sea por la estatua de Clemente que se encuentra en la plaza de España o por el teatro municipal que lleva el nombre de Enrique en la calle Sevilla. Es, sin lugar a dudas, un apellido sin el que es difícil entender la historia de Utrera principalmente en el siglo XIX, momento en el que esta conocida familia experimentó su auge y caída.

Es precisamente el siglo XIX una de las especialidades del historiador utrerano Andrés Otero, quien se ha doctorado con la calificación de Cum Laude elaborando una tesis que está centrada en la ajetreada, emocionante y rica historia de esta familia. Un trabajo que va a ser publicado por la Universidad de Cantabria, con el título de ‘Auge y declive de una saga de jándalos en Sevilla: La familia de la Cuadra (1795-1920)’.

Los jándalos, al igual que la denominación de ‘montañeses’, era uno de los apelativos con el que se conocía a las personas nacidas en Cantabria que emigraron a distintos lugares, tanto de España como al otro lado del océano Atlántico. Andrés comienza su historia con la figura de Francisco de Gibaja, tío abuelo de la madre de Clemente de la Cuadra, que tras hacer fortuna en tierras americanas es el primero que llega a Utrera e inicia el acopio de tierras, haciendas y cortijos de la zona.

Es por tanto justo a finales del siglo XVIII cuando estos emprendedores cántabros llegan a Utrera y comienza una historia de muchos proyectos, de grandes triunfos y también de grandes fracasos. Francisco tuvo un hijo, Bernardino, pero que falleció muy joven, por lo que ese es el momento en el que entra en acción Clemente de la Cuadra que, tal y como explica Andrés Otero, «estaba llamado a ser el que continuara con la obra que Francisco inició en América, pero se encontró con el hecho de que México se estaba independizando de España, por lo que los negocios se fueron al traste». Comienza en esos momentos lo que podemos decir la leyenda de Clemente, ya que fueron años aventureros, en los que incluso tuvo que sobrevivir en tierras americanas practicando el contrabando de vino y ron.

Aquellos proyectos no terminaron de cuajar y Clemente recaló en Utrera, donde se casó con su prima, María Teresa Gibaja, que ya acumulaba un importante patrimonio familiar. Son los años en los que el ímpetu de Clemente le llevan a intentar llevar a cabo diferentes proyectos, aunque ninguno termina de cuadrar, llegando a ser alcalde de su patria adoptiva. En cualquier caso, como indica Otero, «Clemente no estuvo muchos años en Utrera, ya que volvió pronto a su localidad natal -Rasines (Cantabria)- en el año 1846, donde como buen indiano trató de demostrar a sus paisanos lo bien que le había ido en su aventura americana, haciendo numerosas obras altruistas como la creación de una escuela y construyéndose una lujosa casa, en la que incluso disponía de un estudio fotográfico».

Una de las espinas que nunca pudo quitarse Clemente de la Cuadra fue el hecho de no tener acceso a una educación académica, por lo que desde el principio trató que su hijo Enrique acudiera a los centros más importantes. Este impulso le llevó a Enrique a estudiar en Francia e Inglaterra y ser capaz de dominar varios idiomas. «A Clemente siempre lo acusaron sus rivales políticos en los periódicos de la época -que tenían un tono muy agresivo- de ‘haber dado un braguetazo’ y de no tener el nivel necesario para ejercer como alcalde», explica el historiador utrerano.

En ese ambiente se crió Enrique de la Cuadra, quien estudió ingeniería y llegó a tener cierto talento y visión, aunque la historia nos fue demostrando que tuvo muy mala suerte y la mayoría de sus proyectos estuvieron condenados al fracaso. Él mismo fue, por ejemplo, el que diseñó el teatro que en la actualidad lleva su nombre y que en la época fue uno de los mejores recintos de este estilo de toda la provincia de Sevilla. «Hay una anécdota que mucha gente no conoce, y es que Enrique, mientras estudiaba en Inglaterra, recibió una medalla impuesta por la reina Victoria, ya que salvó a una persona de una muerte segura en un incendio», cuenta Otero.

Los años de Enrique de la Cuadra significan al mismo tiempo el auge y la caída de la saga, ya que comenzó a gastar grandes cantidades de dinero que llevó a la familia literalmente a la bancarrota. El hecho es que tuvo muy mala suerte, y algunos de sus proyectos industriales, que tenían una buena base, no salieron adelante, como por ejemplo la fábrica que puso en marcha que salió ardiendo. Murió muy joven, con poco más de 50 años, curiosamente un 8 de septiembre.

La historia que cuenta Andrés continúa con los hijos que tuvieron el propio Enrique y Marciala Sainz de la Maza, Fernando y Federico. «La realidad es que Enrique, estando ya arruinado, seguía dando préstamos a las personas que se lo pedían, por lo que sus hijos tuvieron que hacer frente vendiendo mucho patrimonio a una situación muy complicada. Eso sí, los dos consiguieron alcanzar las ambiciones políticas que siempre había codiciado su padre sin éxito». Fernando y Federico son los que terminan vendiendo propiedades tan importantes como el Casino, la Vía Marciala o el Real de la Feria, extinguiéndose prácticamente con ellos la saga en Utrera.

Durante dos años, Andrés Otero ha llevado a cabo una profunda inmersión en el siglo XIX utrerano para entender la verdadera trascendencia del legado de los Cuadra, componiendo una obra fundamental para comprender muchos aspectos de la Utrera contemporánea. «Es una realidad que se trata de una familia que trajo la modernidad a Utrera. Eran gente que venían de fuera, con otra mentalidad y otra forma de ver la vida que aquí no había», cuenta Otero quien quiere aclarar que «Enrique de la Cuadra tuvo proyectos muy importantes para la ciudad, era una persona a la que no le gustaba ser temido, quería ser querido e incluso tenía gestos de gran benefactor como sufragar el viaje a París y el tratamiento de un niño de Utrera al que le había mordido un perro rabioso, para que lo curase el mismísimo Pasteur».

Enrique de la Cuadra ofrecía becas a los niños para que se formasen, ayudaba a los adultos a que aprendiesen a leer y escribir, porque en definitiva siempre tuvo muy presente lo importante que era el progreso de Utrera. «Ha sido una tesis en la que confluyen elementos como la economía y la política, porque para concebir la historia no podemos aislar a los individuos, el poder es de las familias, no de los individuos», concluye Andrés Otero.

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