Hay biografías que cautivan, porque parecen ficción por encima de la realidad. Una de estas es la de Benjamin Crowninshield, más conocido como Ben Bradlee; el hombre que de repartidor de periódicos llegó a ser editor de The Washington Post, al que modernizó y convirtió en un competidor de The New York Times. Lo primero que hizo fue convencer a la redacción de que la profesión de periodista es la mejor del mundo. Pero, para ser fiel a este concepto, Bradlee se convertía, diariamente, en el mejor ejemplo. Y. así, ejercía como periodista casi las veinticuatro horas del día, en ese camino que va del despacho a la redacción, viviendo cada instante con el amor inquebrantable a la búsqueda de la verdad, con el fin de que el Post fuera el primer periódico del mundo en la investigación, en el artículo y en la noticia. Para ello, contó con la colaboración entusiástica de la propietaria de la empresa, Katharine Graham, que se encargó de la gestión del diario, al suicidarse su marido, Philip, en 1963.
A esta gran mujer, no le tembló el pulso a la hora de animar a Bradlee y a los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward a investigar el llamado caso Watergate, que terminó con la dimisión del presidente Nixon en 1974. Sus palabras: «¡De acuerdo, adelante, publiquémoslo» quedaron para siempre como símbolo de la investigación periodística en el escenario en el cual el periodismo se define como el contrapoder frente al poder, en el referente de la libertad de expresión y en la antología sublime de las páginas que sobreviven a la presión y al chantaje. La fotografía de Ben Bradlee, aquellos días intensos, yendo de un lado para otro de la redacción, atento siempre a las novedades que le traían los dos jóvenes reporteros es la fotografía de un personaje literario inolvidable. Su temperamento apasionado y sus camisas de cuello blanco y anchas rayas de colores nos recuerdan a Tom Wolfe, mas también a un actor mítico, que era el propio Bradlee. Ni las presiones de la Casa Blanca, ni las intrigas, ni las amenazas pudieron frenar aquella lección de periodismo que dio la vuelta al mundo, convirtiendo al Post en bien público de la democracia.
Cualquier director de periódico, sea cual sea su tirada o su ámbito, sueña con parecerse a este personaje tan singular, que llevaba la idea del periódico en las venas. Mas, en España, ha sido Pedro Jota Ramírez el que más ha se ha parecido a Bradlee en el concepto y hasta en la forma de vestir. El ex director de El Mundo, lo niegue quien lo niegue, lleva la tinta en las venas y el romanticismo de una profesión, la cual no admite comparación con ninguna otra. La película de Steven Spielberg, Los archivos del Pentágono, es otra apuesta por la libertad de expresión y la definición del periódico como la denuncia de la mentira sobre la guerra de Vietnam. Katharine Graham (en la película, Meryl Streep) y Ben Bradlee (en la película, Tom Hanks) consideran, en aras del periodismo de la verdad, que The Washington Post debe caminar junto con The New York Times en este asunto. La publicación de los papeles del Pentágono es una grandiosa lección de periodismo y de una verdad que llega al periódico gracias a la rebeldía y a la perseverancia del periodista; el cual cree en el mensaje del destino, para encuadernar en la métrica de la historia, aquello que dijo Albert Camus: «Una prensa libre puede ser buena o mala; pero sin libertad de prensa no puede ser otra cosa que mala». La mirada y la elegancia de una mujer, que supo estar a la altura de las circunstancias, en un momento en la que el periodismo se jugaba a una carta su razón de ser, y el semblante de Bradlee, con la camisa blanca, la corbata azul y el traje de color gris, dispuesto para no perder detalle alguno, por irrelevante que fuera, son testimonios de un recuerdo que renace. El poder fue vencido con la verdad convertida en esperanza al fondo de la avenida; la cual comienza en una indagación tal vez infinita, quizá posible, cuando percibimos que las horas regresan a la redacción, con la información cerrando el círculo, sin hacer siquiera un alto en el camino. Ben Bradlee, el joven que repartía periódicos en su Beverly natal y que llegó a dirigir The Washington Post, durante veintitrés años, eternizó el tiempo en su infinito devenir. Entonces, surge la pregunta en su misma secuencia: ¿Hay algunas diferencias entre la novela y el periodismo? Sí: todas las que se quieran. Aunque Ben Bradlee sea un personaje de novela. Tal vez, entre Cervantes y Steinbeck. Quizá, entre Galdós y Philip Roth. O bien, entre Jonathan Franzen y Joyce Carol Oates.
Manuel Peñalver
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