La artista corona su ascenso al olimpo jondo con el estreno de una gira bendecida por el éxito y la maestría
La cantaora onubense Argentina inicia su gira nacional bajo el aura de la plenitud absoluta, tras colgar el cartel de entradas agotadas para su estreno el 7 de febrero en Utrera. Este arranque coincide con un periodo de máximo prestigio para la artista, cuyo álbum «Un viaje por el cante» ha sido distinguido recientemente como uno de los veinticinco mejores discos de flamenco del siglo XXI, sumándose al reconocimiento como Mejor Artista de Flamenco 2025 por la asociación ÁREA. Con su nuevo trabajo «Utrera flamenco fetén» como bandera, la intérprete llevará su eco jondo a escenarios de Sevilla, Jerez, Valencia, Málaga y Madrid, consolidándose como la voz imprescindible que une la raíz más pura con la proyección universal del arte flamenco contemporáneo. La voz de la cantaora Argentina es hoy un territorio donde la memoria y el mañana se dan la mano sin hacerse daño. Han pasado ya un par de meses desde que viera la luz su nuevo álbum, «Utrera flamenco fetén», y el tiempo, ese juez implacable que todo lo asienta, ha confirmado que no estamos ante un disco más, sino ante un acontecimiento que trasciende el surco de la grabación para hacerse liturgia. La artista onubense, que posee esa garganta que parece herida por un rayo de luna antigua, arranca la próxima semana su gira nacional y lo hace con el peso de la historia sobre sus hombros. La primera cita será el 7 de febrero en el Teatro Enrique de la Cuadra de Utrera, y la noticia no es solo que cante, sino que el pueblo ya ha respondido agotando todas las localidades. No cabe un alfiler allí donde el cante se hace carne, confirmando que el público sabe distinguir perfectamente dónde reside la verdad y dónde el artificio. En este nuevo proyecto, Argentina se mete en los huesos de una tierra bendita para invocar la mística de las casas cantaoras de Utrera. Acompañada por el pulso de las guitarras de Pitín Hijo y Javier Ibáñez, la intérprete desentraña once cortes donde la soleá deja de ser un estilo para convertirse en una confesión a tumba abierta. Es un ejercicio de arqueología emocional, una búsqueda de la esencia que ha encontrado el aplauso de firmas tan respetadas como las de Manuel Bohórquez, Juan Vergillos o José María Velázquez Gaztelu.

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