Ignacio Echeverría, un héroe para la historia

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Había cumplido el pasado 25 de mayo 39 años. Licenciado en Derecho, el joven español trabajaba en un prestigioso banco de Londres. Enamorado  de la vida y de sus excelsas virtudes, el compromiso era su referente moral. Una lección sublime que había aprendido en su familia y en los libros, en el día a día de la entrega a los valores éticos y espirituales en la serenidad de la reflexión, que nace de la observación de la existencia en la conducta más ejemplar. Sábado, 3 de junio, el reloj marca en la capital británica las 22.11. Una hora en la que la ciudad vive con intensidad y pasión el fin de semana. Ignacio, acompañado de sus amigos, Guillermo y Javier, vuelve en bicicleta de practicar su deporte favorito con el monopatín. Pero, en ese momento, en el  que las circunstancias surgen de manera imprevista, se percata de que un policía está siendo atacado, despiadadamente, por unos viles y miserables asesinos. Eran tres terroristas yihadistas: Khuram Butt, Rachid Radouane y Yousef Zaghba. Los hechos habían comenzado en el puente de Londres. Ignacio, solidario, valiente, se enfrenta a uno de ellos, pero, mientras lucha para proteger al policía londinense (y no a una mujer, como se había dicho), los otros dos viles criminales lo apuñalan por la espalda. La sangre de un héroe, hasta entonces anónimo, se derrama en el Borough Market. Después de varios días de incertidumbre, desasosiego y preocupación, las autoridades británicas confirman que quien plantó cara a los terroristas fue Ignacio Echeverría Miralles.

Dolor, lágrimas, llanto, tristeza infinita, hondo pesar, impotencia, emoción. Las tres mejores elegías de la literatura española pronto se hacen presentes en la memoria para sentir la muerte de un hombre universal: honrado, honesto, heroico. Los poemas de Jorge Manrique, de Federico García Lorca y de Miguel Hernández aparecen como una metáfora que vuelve en los instantes en los que todos los seres humanos, con la única excepción de esos locos asesinos, sienten la tragedia provocada por la sinrazón, la barbarie, la vileza y la locura. Cuando la información llega, España llora, las calles se llenan de lágrimas y los parques mudan su alegría en llanto manriqueño. Y lorquiano. Y hernandiano. «Gracias a todos los que lo quisisteis. Sabemos que no somos los únicos tristes», escribe su hermana Ana Echeverría con el corazón desgarrado por tanto sufrimiento por la pérdida de un ser tan querido. Mensajes de la Casa Real, del presidente del Gobierno, de los representantes de los partidos políticos, de la sociedad, de tantos y tantos ciudadanos anónimos. De España entera. Ahora, es para siempre un símbolo de la libertad, de la esperanza, de la lucha contra el terrorismo, de la solidaridad, de los valores humanos. «Deja que la libertad reine. El sol nunca se pone sobre tan glorioso logro humano», dijo Nelson Mandela. Un enunciado mirífico que este héroe español para la historia en las calles de Londres habría pensado en las avenidas del mundo, dejando el mensaje de su propia vida frente al odio y al rencor.

«Él es el verdadero protagonista. Él es el héroe. A él es a quien hay que rendirle homenaje», decían sus amigos, una vez y otra, como si estas palabras fueran las rimas de un poema, que nace en el corazón y llega al alba, cuando la primera luz derrama su claridad en los prolegómenos de un nuevo día. Leyendo a Machado, a Juan Ramón, a Ismaíl Kadaré en la antología de los segundos en los que la poesía es la voz de un pueblo entero que expresa sus sentimientos con la sinalefa de la verdad. «La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés», señalaba Antonio Machado con esa dilección lírica que sale del alma. Un instituto de Las Rozas llevará su nombre. Será un orgullo para profesores, alumnos y padres. El recuerdo por Ignacio Echeverría Miralles nunca estará solo. Porque será un poema que no tendrá  término en el blanco color de los amaneceres. Manrique, Lorca, Hernández. Y León Felipe. Para que la memoria de este héroe permanezca siempre en los cielos de Londres y de España. Compartiendo en silencio las cosas más queridas. En la intimidad de ese horizonte que entre el mar y la tierra se hace odisea en la infinitud de las horas. Puesto que, de algún modo, la sintaxis de la soledad es un sendero que busca y busca hasta hallar ese preciso momento en el que una lágrima se convierte en rima con la compañía de la madrugada, hasta que sale el sol en su forma más luminosa. Una novela, un relato. Y un soneto. Quizá, el mejor de la literatura. Cuando las sílabas se arraciman y encuentran su sentido más allá de la muerte.

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