Una de las imágenes más entrañables de la Semana Santa andaluza es, sin lugar a dudas, ese personaje indispensable que camina alrededor de los pasos y que es el encargado de que las velas que forman parte de la candelería, permanezcan siempre encendidas. Una labor que se complica en algunas ocasiones, sobre todo cuando sopla con fuerza la brisa primaveral, y que tiene que ser realizada por el «pabilero», o como se conoce de manera popular, «el tío de la caña», ya que se ayudan de este elemento para poder llegar a todas las velas.
Desde 1997, Antonio Rodríguez Velarde es una figura que no puede faltar en el cortejo penitencial de la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Antes de convertirse en el pabilero de la corporación utrerana, formó parte de la cuadrilla de costaleros hasta que una lesión en una de sus piernas le impidió seguir rezando bajo las trabajaderas.
Velarde ha estado siempre muy unido a esta hermandad, asegurando incluso que «me considero una persona creyente, soy un cruzado desde niño, un nazareno puro, para mí es un privilegio encenderle los faroles al Nazareno». Una labor que este utrerano ha realizado también en el paso de la Virgen de las Angustias e incluso con la Virgen de los Dolores.
Precisamente hay una anécdota muy curiosa que vincula a las dos hermandades ya que, según cuenta bromeando Antonio, «en una ocasión me dieron varios talonarios de lotería de la Vera-Cruz para vender y me daban una comisión por cada uno que vendiera. En un principio pensé en no coger el dinero, pero al final decidí tomarlo para ofrecérselo a la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que le hacía mucha falta». En cualquier caso, también le guarda un especial cariño a la hermandad que tiene su sede en San Francisco: «he tenido la suerte de encenderle las velas a la Virgen de los Dolores, me puso los vellos de punta poder verla tan cerca, y me concedió las dos cosas que le pedí».
Su amor por la hermandad utrerana viene determinado por su lugar de nacimiento, la propia Vereda de Utrera (María Auxiliadora), donde el Nazareno lleva varios siglos proporcionando algunas de las imágenes más emblemáticas de la Semana Santa de Utrera. Creció en una familia humilde, que poseía una decena de vacas y que se dedicaba a la venta de leche. «Cuando las vacas no tenían mucha leche, la mezclábamos con agua y a las personas que tenían pocos recursos había muchas veces en las que no les cobrábamos».
Una de las cualidades personales más destacadas con las que cuenta este utrerano es, sin lugar a dudas, la determinación, ya que aunque no tuvo la oportunidad estudiar en su infancia –algo que subsanaría ya en su madurez cursando el Bachillerato nocturno-, desde los cinco años tenía muy claro que quería ser Policía. Así, justo después de cumplir con el servicio militar, realizó las oposiciones y comenzó a trabajar en la Policía Armada, lo que se conoce en la actualidad como Policía Nacional, una profesión que ha desempeñado durante más de tres décadas. «Desde los cinco años sabía lo que quería y hoy me doy por satisfecho porque mis ideas se consumaron», explica Antonio.
Además de Nuestro Padre Jesús Nazareno, hay otra gran devoción que domina la vida de este utrerano. Es su mujer Isabel, a la que adora y le faltan palabras para definirla: «tengo la suerte de tener una señora que es un encanto, es dulzura, es serenidad, es como el rocío de la mañana».
La Semana Santa se construye gracias al trabajo y a la devoción de cientos de personas que siguen cuidando cada uno de los detalles que hacen grande a esta tradición. La Semana Santa sigue adelante gracias a personas como Antonio que, con su caña, estará siempre pendiente de que el Nazareno de Utrera tenga la luz necesaria para encontrar su camino. Una tarea a la que este utrerano no se atreve a ponerle fecha de finalización: «mientras Dios me dé salud y me lo permita, estaré con Nuestro Padre Jesús Nazareno, no pongo límites».

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