Es curioso cómo en algunas ocasiones la vida consiste en dar muchas vueltas para al final acabar prácticamente en la casilla de salida, al menos en lo que se refiere al paisaje urbano en el que se mueven las personas. Antonio Bocanegra vivió su infancia en la calle Coronilla, prácticamente el mismo lugar en el que varias décadas después vive en la actualidad. Entre un punto y otro, cientos de experiencias, de vivencias y de horas de trabajo dedicados al servicio de la ciudadanía en su puesto como funcionario en el Ayuntamiento de Utrera.
Cuando echa la vista atrás, a la hora de recordar aquellos primeros años de su infancia en el barrio, Antonio puntualiza que «era otra vida, ni mejor ni peor que la que tenemos en la actualidad, pero sí es verdad que, aunque hubiese mucha precariedad y muchas necesidades, todo se compensaba con la amistad y el buen ambiente que existía entre todos los vecinos».
Antonio comenzó a juntar las primeras letras en una microescuela que existía en el pequeño jardín en el que hoy se encuentra el monumento dedicado a María Auxiliadora en la zona que los ciudadanos conocen como la Exportadora. Posteriormente pasó por las escuelas de San Diego del colegio de los Salesianos, hasta que llegó al instituto Ruiz Gijón para estudiar el bachiller. Por las circunstancias de la época, que eran comunes en muchas familias, Antonio tuvo que alternar la parte final de estos estudios con el trabajo. Así, trabajaba por las mañanas y estudiaba por las noches, cuando sólo tenía 14 años.
Su primer puesto de trabajo lo desempeñó en una empresa llamada Comercial Albarracín, donde se encargaba de gestionar todos los asuntos administrativos, hasta que comienza la carrera de Económicas y poco después se marcha a hacer el servicio militar. A la vuelta, llegaría una decisión que marcaría su vida, cuando sin pensarlo mucho se presentó a unas oposiciones para trabajar como oficial administrativo en el Ayuntamiento de Utrera. Corría el año 1980, Antonio sólo tenía 21 años, y el Consistorio utrerano, como todos los del país, era una institución muy precaria, en una nación que tenía su democracia recién estrenada. «Nunca había pensado en convertirme en funcionario, fue algo que surgió de una manera imprevista», precisa Antonio, quien recuerda cómo en aquellos momentos «el Ayuntamiento era prácticamente una familia, entre todos no éramos más de 50 personas, y todas las dependencias, incluidos los talleres, estaban en el edificio que hoy en día es la sede central, la casa palacio de los Condes de Vistahermosa».
En estos últimos 40 años, Antonio ha sido uno de esos trabajadores municipales que ha asistido en directo al espectacular cambio que ha experimentado una institución como el Ayuntamiento de Utrera, donde en la actualidad hay trabajando unas 450 personas. «En los primeros tiempos de la democracia, los Ayuntamientos apenas tenían competencias, mientras que también hay que tener en cuenta que Utrera tenía muchos menos habitantes que ahora, que había pocos medios, y muchas de las calles eran de tierra», recuerda Antonio.
Este utrerano, que se ha jubilado recientemente, ha desempeñado su trabajo a lo largo de todos estos años en la secretaría general del Ayuntamiento, y para entender hasta qué punto ha cambiado todo, indica que «cuando yo entré, teníamos que trabajar con calculadoras manuales, con máquinas de escribir y consultando una extensa biblioteca de legislación que era una pieza básica. Hoy en día todo esto se encuentra al alcance de la mano en un ordenador e internet».
Muchos de esos trabajadores que iniciaron una nueva y apasionante etapa en el Ayuntamiento de Utrera están llegando justo en estos momentos al final de su etapa laboral, algo que Antonio resume a la perfección: «Mi generación ha sido protagonista de la reforma que ha experimentado la administración en las últimas décadas. Todos nosotros hemos contribuido al cambio radical que tuvo lugar durante la transición, después de la dictadura».
Ahora, después de muchos años de intenso trabajo -ya que Antonio compaginó su puesto en el Ayuntamiento con su tarea en una notaría y preparando a opositores por las tardes-, ha llegado el momento de la relajación, de «leer tranquilamente la prensa por las mañanas, desayunar sin prisas con mi mujer, pintar y disfrutar de mis nietos y mis amigos».

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