La ciudad de Utrera ha perdido a otro de sus hijos más conocidos. El empresario Francisco Obando ha fallecido este jueves, a los 81 años. Este conocido utrerano fue el impulsor de Panadería Artesana Obando, una de las firmas más emblemáticas y exitosas del municipio. Prácticamente desde cero y con todo en su contra, supo vencer al destino y a las dificultades de la vida, con unas armas que casi nunca fallan: el trabajo, la tenacidad y el sacrificio.
El velatorio está desarrollándose en el tanatorio Servisa de Utrera. Mientras, el sepelio tendrá lugar este viernes, a las 11.15 horas, en la parroquia de Santiago el Mayor.
Francisco Obando nació en la calle Las Mujeres estudió en el colegio de los Salesianos y, cuando sólo tenía 11 años, su padre se afanó en enseñarle la profesión de zapatero, ya que gestionaba una de las zapaterías más conocidas de la localidad. Francisco aprendió la profesión pero, «a pesar de que mi padre se empeñó en que yo fuera zapatero, a mí nunca me terminó de convencer y tenía otros planes para mi vida», como reconoció en una entrevista concedida a El Periódico de Utrera en 2019.
Desde muy pequeño, Obando mostró una importante capacidad aventurera y emprendedora por lo que, cuando todavía no había cumplido los 18 años, se enroló como voluntario en el Ejército. Su primer destino fue Morón de la Frontera, para acomodarse posteriormente en la base de Tablada, donde llegó a ser cabo jefe de víveres y responsable de la intendencia. Son años en los que conoce a una persona muy importante en su vida, como fue el empresario sevillano Manuel Carrera Anglada, con el que empezó a trabajar en los diferentes negocios que gestionaba en Sevilla.
Eran momentos en los que el utrerano barajaba quedarse trabajando en el Ejército o con Manuel Carrera, pero el amor se le cruzó en su vida y terminó cambiando el destino de Obando y dando lugar a una de las empresas más emblemáticas que han surgido en Utrera. Conoció a la que sería su primera mujer, ‘Paquita’, cuya abuela -Beatriz Matos- regentaba una panadería que iba a la deriva en la calle Cristo de los Afligidos, justo en el mismo enclave donde hoy se encuentra Panadería Obando. Eran dos jóvenes enamorados a los que les esperaba una prueba muy complicada ya que, cuando Francisco sólo tenía 20 años, falleció el padre de Paquita, y Obando -por petición de ella- se hizo cargo de la panadería en unas condiciones muy complicadas, ya que el negocio no marchaba bien y acumulaba muchas deudas.
Los abuelos de su novia fueron los que le enseñaron a hacer pan, en una panadería que apenas amasaba al día 50 kilogramos de harina, y trabajando toda la noche fue capaz de abrir un horizonte lleno de esperanza y nuevos proyectos. Un negocio en el que todavía se trabajaba con una especie de noria tirada por mulas, donde como mucho se ganaba 15 ó 20 pesetas al día, por lo que Obando confesaba que «llorando todas las noches de rabia salí adelante».
El utrerano consiguió sacar de la ruina al negocio, llevando a cabo nuevos contactos, moviéndose mucho y siendo pionero en el reparto de pan a domicilio y a los bares, ya que en aquellos tiempos todavía no era habitual que las panaderías repartieran el pan. Si hacía falta era él mismo el que se encargaba de cargar los sacos de harina al hombro, repartía en bicicleta o en moto y estaba prácticamente todo el día en la calle. Tiempos de mucha necesidad en los que Obando no dudó en ayudar a todo el que se lo pedía, y en los que nacieron tres hijos, hasta que la fatalidad se cruzó en su camino, cuando Paquita -quien trabajaba a su par en la panadería e introdujo también dulces- falleció de manera repentina cuando sólo tenía 23 años.
Lógicamente llegó un período muy complicado para Francisco quien, viudo y con tres hijos a su cargo, pensó incluso en vender la panadería. Gracias a los ánimos de su padre, consiguió levantarse y siguió adelante, hasta que volvió a encontrar el amor de la mano de Ana, con quien se casó en 1972 y tuvo otros tres hijos.
Su tenacidad, trabajo y atrevimiento le permitieron situar a su empresa en un lugar de privilegio en el mundo local, una aventura a la que poco a poco se fueron incorporando sus hijos, quienes han sabido también abrir nuevos y apasionantes caminos y han seguido continuando la obra que con tantas dificultades inició su padre. «El único secreto es trabajar, ahorrar y no gastar, lo he sacrificado todo en mi vida por mis hijos», aseguraba Obando en la sede principal de la panadería, ese mismo lugar que él encontró en estado ruinoso y donde hoy se amasan miles de kilos de harina al día y donde han trabajado decenas de utreranos.

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