El utrerano Diego Pérez Ramírez deja su huella en torno a los monumentos de Enrique Montoya, Fernanda y Bernarda, y Clemente de la Cuadra, entre otros espacios
Si usted pasa por enclaves de Utrera tan famosos como los monumentos dedicados a Enrique Montoya, Fernanda y Bernarda, Clemente de la Cuadra o por lugares como la plaza Enrique de la Cuadra o el entorno de la parroquia de Santa María, podrá admirar cómo el utrerano Diego Pérez Ramírez convierte estos jardines en pequeñas obras de arte. Y lo consigue porque es una de esas personas que ama profundamente lo que hace y que cada día cuida con mimo todas las plantas que dan vida a estos rincones.
«Las plantas no crecen por arte de magia, para poder cuidarlas de la forma más conveniente hay que conocerlas bien, hay que tener muchos aspectos en cuenta», explica Diego, un utrerano que desde hace dos décadas se encarga del cuidado de numerosas zonas comunes que nos alegran con su belleza la vida a los caminantes cada día.
Lo de Diego con el mundo de la jardinería, las plantas y las flores es una auténtica historia de amor, ya que en cada jornada laboral entrega mucho más de lo que se podría pensar a simple vista. Para Diego, la jardinería es una auténtica vocación, y cada uno de los parterres que cuida está perfectamente diseñado y proyectado en su mente. Constantemente está centrado en la mejora, y confiesa que incluso «cuando me voy 15 días de vacaciones, estoy preocupado, pensando en cómo estarán las plantas».
Este carismático jardinero es uno de los miles de utreranos que nacieron en las instalaciones del Hospital de la Santa Resurrección, conocido de manera cariñosa como el ‘Hospitalito’. Su infancia discurrió entre la barriada La Paz, la barriada del Matadero y Torrecruz. Diego se crió como tantos niños de su generación, jugando principalmente en la calle, en una época en la que se socializaba mucho más y en la que apenas había entretenimiento en los domicilios. Estudió en el colegio de los Salesianos y después continuó en Formación Profesional de la rama de electricidad, pero admite que «no era un sector que a mí me gustara especialmente». Fue uno de los pioneros de una asociación emblemática en Utrera como es GAS Los Osos, e hizo también una incursión en el mundo de la hostelería, fundando un bar en La Corredera.
Al final, la tierra, los jardines, las plantas y las flores se terminaron convirtiendo en el centro de su vida, para lo cual ha llevado a cabo diferentes formaciones en escuelas especializadas situadas en Los Palacios, en Málaga o en Madrid. Su padre se ha dedicado profesionalmente a la venta de productos fitosanitarios, mientras que él asegura que el amor por las plantas le viene por parte de «mi abuela, mi tía abuela y mi madre, que cultivaban la bonita costumbre –ahora cada vez más en desuso- de tener macetas en los patios y en los balcones».
En el año 2004 comenzó a trabajar como jardinero para el Ayuntamiento de Utrera y desde entonces se ha convertido en uno de los más firmes defensores de la presencia de la naturaleza en el medio urbano. «Es indudable que el estado de nuestros jardines, monumentos y rotondas es muy importante, en cierta manera es el escaparate de nuestra ciudad, explica Diego, quien es una persona con un profundo espíritu crítico, muy centrado en su profesión y que constantemente busca la forma de mejorar para que las cosas se hagan de la manera más conveniente y reconoce que, «a nivel municipal, me da mucha lástima ver como hay veces que se toman decisiones erróneas que se perpetúan en el tiempo, suponiendo además un dispendio del dinero público».
Cada día se convierte para Diego en un disfrute, saborea cada instante de su trabajo y eso es algo que se percibe a simple vista y que lo reconocen muchos ciudadanos que le felicitan por su trabajo. «Si no estás a gusto haciendo tu trabajo tengo claro que no hay energía, si no tomo la iniciativa no me divierto, para que los jardines se embellezcan y crezcan necesitan conocimiento», precisa el utrerano.

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