Clemente de la Cuadra y Gibaxa_ Empresario y político
Este aventurero, emprendedor y ‘hombre ilustrado’, sentó las bases de la Utrera moderna a mediados del siglo XIX
Al final de una calle de aspecto señorial como es la Vía Marciala, y muy cerca de uno de los lugares que ha transformado de una manera más radical el destino de Utrera como es la estación de tren, se encuentra la imponente estatua que recuerda la figura de Clemente de la Cuadra y Gibaxa. Fue Clemente un personaje irrepetible, iniciador de una saga cuyos apellidos aún resuenan en la ciudad e impulsor de muchas iniciativas que llevaron a Utrera a la modernidad.
Nuestro protagonista nació en la pequeña localidad cántabra de Ampuero, en el año 1802. Desde este lugar, en el que su destino hubiese sido similar al de sus paisanos, que se dedicaban a labores ganaderas y agrícolas, dio el primer gran golpe de timón de su vida, haciendo las maletas, cruzando el charco y marchándose a territorio americano. Quiso el destino que un jovencísimo Clemente de la Cuadra hiciera fortuna en México, llevando a cabo productivas actividades ganaderas, comerciales y mineras en el país americano.
Eran tiempos muy convulsos, caracterizados por los cambios a todos los niveles, en los que los países americanos estaban luchando por su independencia. Así, después de la batalla de Ayacucho, Clemente de la Cuadra decide abandonar el continente americano y volver a España en el año 1825.
El monumento erigido a Clemente de la Cuadra que preside la plaza de España es obra de Antonio Susillo
A pesar de que España estaba viviendo una etapa muy complicada, en la que el atraso en numerosos ámbitos era la nota común, Clemente de la Cuadra era un indudable representante del clima generalizado que se vivía en Europa, donde los ideales ilustrados que habían llevado a la Revolución Francesa, estaban triunfando y situando a la razón en el centro del debate. Clemente era una persona de ideología claramente progresista, con un espíritu emprendedor, que «confiaba en la cultura como el único instrumento capaz de transformar al hombre».
La Ilustración, la razón y la modernidad llegaron a Utrera a través de Clemente de la Cuadra, convirtiéndose en un personaje sin en el que no se puede entender la Utrera del siglo XIX y su posterior evolución en el siglo XX.
Entre 1844 y 1854 tuvo lugar en España lo que posteriormente los historiadores han denominado como la ‘Década Moderada’. Es en este periodo, concretamente entre el 14 de marzo de 1844 y el 12 de enero de 1846, cuando Clemente de la Cuadra fue alcalde de Utrera. Este cántabro, que poco a poco se fue haciendo utrerano de adopción se encontró una ciudad con importantes problemas estructurales, bastante atrasada para la época, llena de jornaleros que trabajaban simplemente por un plato de comida, pobreza, polvorientas calles e infraestructuras públicas casi inexistentes.
Aprovechando los efectos de la reciente desamortización que había tenido lugar en toda España, una de las primeras acciones que llevó a cabo Clemente de la Cuadra fue la transformación del convento de San Francisco en colegio público, en una acción que llega hasta nuestros días con el colegio Rodrigo Caro.
El Ayuntamiento de Utrera
Bajo su batuta se llevó a cabo también la construcción de un nuevo edificio en la plaza del Altozano que terminaría acogiendo el Ayuntamiento, trasladando así el centro administrativo de la ciudad a esta plaza que sigue concentrando en la actualidad gran parte de la actividad. Clemente impulsó también la construcción de una nueva cárcel, el primer mercado de abastos que tuvo la ciudad, mientras que también llevó a cabo la organización de una Guardia Rural que velase por la seguridad.
Inauguración de la estatua en honor a Clemente de la Cuadra en 1890
Si hay un logro que es sin lugar a dudas uno de los hitos más importantes de la historia de Utrera es la apertura de la estación de tren, que se inauguró en el año 1860 y que conectó a Utrera con el mundo, siendo vital para el desarrollo industrial de la ciudad. En pocos años, debido a su situación estratégica como cruce de caminos, Utrera se convirtió en uno de los nudos ferroviarios más importantes de toda Andalucía. La familia Cuadra fue también fundamental a la hora de traer el ferrocarril a Utrera, cediendo además numerosos terrenos de su posesión para que el casco urbano de Utrera se pudiera conectar con la estación, principalmente a través de la Vía Marciala.
Corría el año 1873 cuando falleció Clemente de la Cuadra, dejando un legado impresionante en todos los sentidos, que recayó principalmente en su hijo Enrique de la Cuadra, al que había dotado de una educación de élite, que incluyó estancias en algunas de las instituciones educativas más importantes de las Islas Británicas. Enrique se convertía en el heredero de más de 5.000 hectáreas de tierras situadas en los términos municipales de Utrera, Lebrija, Alcalá de Guadaíra, Los Molares y Morón de la Frontera. A todo ello había que unir acciones de minas en el Real de Catorce (México), propiedades en Cantabria y una parte de la Casa de la Moneda de San Luis de Potosí. Enrique, que fue una persona quizás demasiado adelantada a su tiempo, no tuvo suerte con los negocios, dilapidando prácticamente toda la fortuna heredada en pocas décadas.
Clemente junto a sus hijos
Eso sí, el 15 de diciembre de 1890 puso en marcha un homenaje a la altura de lo que fue su padre, impulsando la colocación del monumento a Clemente de la Cuadra que aún hoy luce en la plaza de España, en un día que fue histórico y que como muestran los documentos de la época, el pueblo entero quiso estar presente. La estatua –de bronce y de una altura de 2,60 metros-, que desde entonces es una de las obras artísticas más importantes que existen en Utrera, fue obra del célebre escultor Antonio Susillo –considerado como el mejor escultor español de finales del siglo XIX-, en un acto que incluso fue cubierto por la Ilustración Española y Americana, una revista que se editaba en Madrid entre los años 1869 y 1921.
Desde entonces, Clemente de la Cuadra, el más utrerano de los cántabros, vigila desde las alturas que todo esté bien en la ciudad que transformó y que se convirtió durante décadas en su particular campo de operaciones.




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